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Te Toca Suplicarme A Mí, Señor Heredero romance Capítulo 26

Julio sabía que la decisión de Horacio de mandar a su hermana a casa había puesto a Lucía de mal humor durante los últimos días.

Así que captó la indirecta de inmediato:

—A la orden.

En vísperas de Fin de Año, el centro comercial ya estaba decorado con motivos festivos y Lucía se compró un par de vestidos para las fiestas.

—Julio, quiero un té helado —le ordenó Lucía a Julio—. De frutos rojos.

Julio hizo el pedido por la aplicación del teléfono y se dirigió a la cafetería a esperar.

Mientras él esperaba, Lucía aprovechó para comprar en una tienda cercana unos bolígrafos elegantes, un par de libretas y otras cosas pequeñas.

Cuando terminó y fue a buscarlo, Julio ya salía con dos vasos de té. Con su porte erguido y su elegancia natural, llamaba la atención de varias chicas jóvenes que lo miraban de reojo.

Pero en cuanto vieron acercarse a Lucía, apartaron la mirada y murmuraron en voz baja:

—Lo sabía, alguien tan guapo seguro que ya tiene novia. Menos mal que no fui a pedirle su número.

Lucía las escuchó. Tomó su té y, de paso, le pasó todas sus bolsas a Julio.

Julio había comprado dos tés, aunque no tenía ganas de tomarlos; simplemente pensó que, ya que estaba esperando, sería un desperdicio de tiempo no pedir uno para él también, así que los usaba solo para calentarse las manos.

Los dos caminaban por el abarrotado centro comercial, cruzándose constantemente con parejas de enamorados y grupos de amigas...

Lucía miraba distraídamente a su alrededor, mientras Julio sostenía todas las bolsas de su hermana en un brazo, dejando libre la otra mano para buscar en su teléfono un buen lugar para almorzar que fuera del gusto de Lucía. Últimamente ella estaba de tan mal humor que pensó que sería buena idea llevarla al cine después de comer.

Estaba inmerso en esos pensamientos cuando la voz suave de una mujer lo detuvo.

—Julio...

Al escucharla, Lucía se dio la vuelta.

Su mente se quedó en blanco por un instante.

Fue como si viera de nuevo aquel día sombrío: una mujer con un avanzado estado de embarazo caminando paso a paso sobre la nieve, con un cansancio inocultable en el rostro.

En aquel entonces, la familia García ya había vendido su último auto. Cristina Quiroga no tenía cómo moverse y, además, había perdido al hombre que más amaba. El mundo parecía haberse reducido a ella y al bebé en su vientre. Sus labios se abrían y cerraban suplicando: «Salven a la familia García...»

A diferencia de su vida pasada, la Cristina que tenía delante ahora la miraba con evidente hostilidad.

Una fina capa de lágrimas cubrió sus grandes ojos.

Lucía, atónita, quiso decirle que no llorara, y sin darse cuenta apretó tanto el vaso de su té que lo abolló. No volvió en sí hasta que Julio se lo arrebató y lo tiró a la papelera más cercana.

—Sr. García, ¿quién es esta persona? —le preguntó una amiga de Cristina en un tono nada amistoso.

Al ver que Julio sacaba un pañuelo para secarle la mano a aquella belleza, se molestó aún más.

—No me digas que esta es tu...

—Es mi hermana —respondió Julio.

—Lucía... —Julio se quedó desconcertado. ¿Por qué se iba así de repente?

Al notar lo inquieta que estaba Cristina, Julio tomó su mano y le explicó:

—Era mi hermana. Ustedes no se conocían, ¿verdad?

Cristina se sonrojó. Realmente no esperaba que fuera la hermana de Julio.

La hermana de Julio era tan hermosa que lo primero que se le vino a la mente no fue que fuera su hermana, sino...

Cristina, avergonzada, preguntó:

—¿Crees que se fue porque me vio?

¡Sentía que la había asustado con su reacción exagerada!

—No. De pronto dijo que iba a comprar cosas de chicas con una amiga. Siempre ha sido muy caprichosa; recién ahora que empezó a trabajar se ha calmado un poco...

La amiga de Cristina intervino, visiblemente apenada:

—Sr. García, le pido disculpas... Es que al ver lo cariñosos que estaban su hermana y usted, me confundí. La culpa no es de Cristina.

—No pasa nada —dijo Julio cambiando de tema—. ¿Qué quieren comer? Vi un restaurante por aquí que tiene muy buenas reseñas. Vayamos a comer juntos.

—Claro —respondieron Cristina y su amiga, suspirando de alivio al mismo tiempo.

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