Lucía García todavía estaba trabajando y salió del edificio con su credencial colgada al cuello.
Las dos se sentaron en una tranquila cafetería. Sin molestarse en ser cortés, Doña Leonor fue directa al grano: —¿Fuiste tú la responsable de lo que le pasó al padre de Jimena?
Lucía levantó la mirada hacia ella, con una expresión totalmente serena: —Fue obra de la justicia.
Doña Leonor frunció el ceño al escucharla. Justo cuando iba a hablar, un mesero se acercó con el café.
Al entregárselo a Lucía, la taza se inclinó levemente y parte del café se derramó sobre su ropa.
La voz profunda de un hombre sonó de inmediato: —Lo siento muchísimo. ¿Se encuentra bien? Dígame cuánto cuesta su ropa, se la pagaré sin falta.
En el instante en que Lucía levantó la vista y lo vio, su mente se quedó en blanco.
El hombre era increíblemente atractivo, con facciones exquisitas. Tenía los ojos seductores, con un ligero ángulo ascendente en las comisuras, y un rostro impecable que hacía resaltar sus rasgos suaves pero definidos. A pesar de llevar un simple uniforme de mesero, parecía hecho a la medida; cualquier mujer se quedaría mirándolo.
—No necesito tu dinero.
Lucía se puso de pie, levantó la mano y le dio una bofetada: —Esta bofetada nos pone a mano.
—Te aconsejo que dejes de hacerte ilusiones y abandones estos jueguitos patéticos.
El mesero se quedó petrificado, la línea de su mandíbula se tensó hasta formar un ángulo rígido y frío.
Doña Leonor jamás esperó ver a Lucía tratando a un empleado de esa manera. Inevitablemente recordó cuando los Zavala se oponían a Jimena y Alejandro la defendió diciendo:
«Ella nunca humillaría a alguien de clase trabajadora, ayuda en lo que puede. Tiene educación, modales y es inteligente. ¿Me van a decir que una mujer así no es digna de ser su nuera?»
—Lulú...
Doña Leonor salió de su asombro e intervino para detenerla: —Déjalo pasar, por respeto a mí.
Sacó unos billetes y se los dio al mesero como propina, diciéndole con amabilidad: —Ve a arreglarte, muchacho.
El joven mesero se quedó atónito. Miró a la elegante señora como si viera a un ángel guardián, profundamente conmovido, y luego se dirigió a Lucía con claro desagrado: —Señorita, no importa cuánto dinero tenga. Ni en diez años podrá alcanzar la elegancia y la educación de esta señora.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Te Toca Suplicarme A Mí, Señor Heredero