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Te Toca Suplicarme A Mí, Señor Heredero romance Capítulo 270

Dos días después.

A las diez de la noche, Jimena seguía sin poder comunicarse con Alejandro Zavala.

Mientras tanto, Lucía también estaba llamando a Julio, que se encontraba en una cena de negocios. Para su sorpresa, de fondo se escuchaban voces demasiado familiares: las de Lucas Paredes y Alejandro Zavala.

Fue entonces cuando se dio cuenta de que Julio había vuelto a salir a beber con ellos.

—Julio... ¿Podrías dejar de salir con ellos, por favor? —suplicó Lucía al teléfono con evidente frustración.

La voz de Julio arrastraba las palabras, señal clara de que ya estaba ebrio: —Ay, hermanita... Cristina es mucho más comprensiva que tú. Ella sabe que un hombre no puede evitar las cenas de negocios y los tragos, por eso jamás me reclama.

La verdad era que esa noche Julio no tenía ninguna intención de toparse con Alejandro. Estaba cerrando un trato con unos clientes, pero apenas se habían sentado, Alejandro apareció en el lugar. Tras cruzarse casualmente, Alejandro sugirió que, ya que estaban todos allí, debían compartir la velada. Los clientes, sintiéndose profundamente honrados, aceptaron encantados. Aunque a Julio le molestó la situación, no tuvo forma de negarse.

Sin darle más explicaciones, Julio se frotó la cara y bromeó con voz pesada: —Cuando te cases, no seas tan controladora con tu esposo. Si lo asfixias demasiado, no querrá ni volver a casa.

Alejandro estaba sentado muy cerca de él.

Al escuchar la conversación, supo de inmediato que Julio estaba hablando con Lucía.

Bajó la mirada hacia su vaso y sonrió sutilmente sin emitir ningún sonido.

Cuando Julio colgó, Alejandro dejó su bebida en la mesa y preguntó: —¿Qué pasa? ¿Tu hermana te está pidiendo que regreses?

—Así es —respondió Julio. Como no iba a admitir que Lucía le había rogado que se alejara de Alejandro, prefirió dejarlo ahí.

Alejandro sonrió. —¿Tu hermana es así de estricta? ¿Tampoco le gusta que bebas demasiado?

Recordando cómo Lucía había hablado pestes de Alejandro, Julio arqueó una ceja y lanzó el dardo: —¿Qué pasa, Alejandro? ¿Tienes algún problema con mi hermanita?

No tenía un problema.

Tenía un interés.

—Para nada —respondió Alejandro—. Solo que de pronto sentí que también me gustaría tener a alguien que me controlara un poco.

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