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Te Toca Suplicarme A Mí, Señor Heredero romance Capítulo 278

Los dedos de Lucía se aferraban al volante, soltando y apretando la presión con cada segundo que pasaba. Afuera, las luces de la calle se derretían en la oscuridad de la noche, convirtiéndose en manchas borrosas a medida que el paisaje quedaba atrás.

El semáforo cambió a rojo y el auto se detuvo lentamente. En ese instante, entró una llamada de Julio.

—¿Y bien? ¿Ya conquistaste a Salvador Montero?

—Nos vamos a dormir, pero mamá no quería acostarse sin saber qué pasó... me pidió que te preguntara.

Lucía tenía el estómago hecho un nudo, incapaz de distinguir si era frustración por la injusticia o un conflicto interno que la ahogaba.

—Todo perfecto, ya váyanse a dormir... —murmuró.

Al otro lado de la línea, Julio se giró para decirle a Elena de García en voz baja:

—Dice que todo está perfecto. Supongo que sí funcionó.

La luz roja del semáforo parpadeaba agresivamente frente a ella. De pronto, los ojos le picaron y las lágrimas amenazaron con desbordarse. Lucía reprimió el llanto como pudo y cortó rápido la llamada:

—Bueno, ya me despido.

—Vuelve a casa temprano, no vayas a pasar la noche afuera —alcanzó a decirle Julio antes de colgar.

El semáforo cambió a verde. Movida por un coraje ciego que llevaba contenido, Lucía hundió el pie en el acelerador y el auto salió disparado.

Avanzó un largo tramo envuelta en la oscuridad. Su mente estaba tan dispersa y su vista tan nublada que, en un descuido, otro vehículo se le cerró de golpe, cortándole el paso por completo.

El otro conductor no tenía intención de dejarla ir. Con un giro brusco y preciso, la obligó a orillarse hasta que su auto quedó atrapado contra la acera.

Lucía frenó de golpe y soltó una maldición por lo bajo.

No fue hasta que el hombre bajó del vehículo que Lucía reconoció quién era: Alejandro Zavala.

Apretando los dientes para controlar sus emociones, Lucía bajó la ventanilla. Cuando levantó la vista, aún conservaba un rastro evidente de hartazgo.

—¿Qué se te ofrece?

La mirada de Alejandro se detuvo en las comisuras enrojecidas de sus ojos.

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