La familia de Isabel Luna le había organizado una cita a ciegas con el hijo de una familia acomodada para las fechas de Fin de Año. Sus padres le dieron una suma considerable de dinero para que se comprara ropa "un poco más decente".
Así que Isabel arrastró a Lucía a una exclusiva boutique de vestidos.
Bajo la cálida luz amarillenta de la tienda, hermosos vestidos colgaban en perchas de madera.
El primer vestido en el que se fijó Isabel fue uno que le pareció ideal para su madre.
—Este le quedaría perfecto.
Luego sacó un vestido color rosa pastel, más juvenil, y le dijo entusiasmada a su amiga:
—Lulú, los colores claros seguro que te resaltan de maravilla.
La empleada le dio la razón de inmediato:
—La señorita tiene una figura envidiable, sin duda nuestros diseños le quedarán espectaculares.
Lucía declinó la oferta.
—La que tiene la cita a ciegas eres tú.
Isabel le preguntó con una sonrisa traviesa:
—Voy a conocer a Eduardo Valdés, ¿por qué no te veo feliz por mí?
Lucía pensó para sus adentros: "¿Y cómo podría estarlo?"
Ya conocía el desenlace de antemano.
Esa cita sería un fracaso.
A Isabel no le iba a gustar en absoluto ese joven.
—Es que yo...
Justo cuando Lucía estaba a punto de inventar una excusa, Isabel la interrumpió:
—¿Crees que este me quedaría bien?
Era evidente que a ella tampoco le importaba demasiado la cita.
Lucía asintió y la llenó de halagos:
—Te quedará precioso, ve a probártelo y veamos cómo luce puesto.
Isabel estaba a punto de irse contenta cuando Margarita de Jiménez entró a la tienda. La sonrisa de Lucía se desvaneció de inmediato.
—Lucía, cuánto tiempo sin verte —le saludó Margarita con una sonrisa—. La última vez que nos vimos aún no te graduabas de la universidad, y en un parpadeo ya estás trabajando.
Su tono era dulce y afable.
—¿Por qué no seguiste estudiando? ¿Sabías que Jimena se doctoró en una de las mejores universidades del extranjero? Empezar a trabajar tan joven no tiene ningún sentido; si no aprovechas para educarte cuando debes, después tendrás menos oportunidades.
Hablaba con el aire paternalista de una señora mayor que daba un consejo.
De no haber sido por el recuerdo imborrable de su amargura y crueldad en su vida pasada, cualquiera habría pensado que era una respetable mujer de la alta sociedad.
Lucía siguió revisando los vestidos con rostro inexpresivo, ignorándola por completo.
A Isabel le pareció extraño y le preguntó en voz baja:
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