Jimena Jiménez frunció el ceño y preguntó a la defensiva:
—¿Y dónde está Mateo Vicario?
—El asistente Mateo acompaña al señor Zavala en su viaje de negocios, ahora mismo no se encuentra en las oficinas.
El gerente de Recursos Humanos marcó inmediatamente el número de Mateo. Tras una breve conversación, recibió una respuesta contundente: "No despidan a Ivana Solís".
Ese resultado tomó por sorpresa al gerente de Recursos Humanos. ¿Acaso esto no era una bofetada directa al orgullo de la novia del jefe?
Al otro lado de la línea, Mateo agregó:
—Actualmente, Jimena Jiménez ya no es empleada del Grupo Zavala. No posee ningún cargo ni autoridad dentro de la empresa.
Al colgar el teléfono, el gerente, sudando frío, murmuró con voz apenas audible:
—El asistente Mateo ha dicho que... por el momento, no hay que despedirla.
No se atrevió a mencionar nada más.
Al escuchar eso, la mirada de Jimena se cubrió de una capa de hielo.
¿No hay que despedirla?
Sintió que la rabia y la frustración le quemaban el pecho al ver cómo sus órdenes eran ignoradas como si no tuvieran el menor peso.
Parecía que de verdad mantenían una relación a escondidas.
Jimena se dio la media vuelta y se marchó.
Pronto se corrió la voz de que Ivana Solís seguía en la empresa, sana y salva. Al enterarse, muchos empezaron a lanzarle miradas cargadas de escrutinio y sospecha.
A escondidas, los colegas se juntaban a murmurar:
—Por lo visto, al señor Zavala de verdad le interesa Ivana, si no, ¿por qué la protegería para que no se vaya?
—Pues yo no le veo la gran cosa, no tiene curvas, parece una niña que todavía no termina de desarrollarse.
Mientras Ivana caminaba por los pasillos, los murmullos llegaban inevitablemente a sus oídos.
Sus pasos vacilaron un poco, sus orejas se tiñeron de rojo y, sin darse cuenta, apretó con fuerza los documentos que llevaba. Se sentía profundamente avergonzada y humillada.
—Nada.
No descansó mucho tiempo antes de reprimir sus emociones, levantarse y prepararse para ir a su propia empresa.
Margarita la miró con tristeza, viendo su actitud tan terca y obstinada, y le dijo con dolor:
—Eres una mujer joven, ¿por qué tienes que ser tan autoexigente? ¿Por qué te presionas hasta agotarte así?
»Cuando fundaste tu empresa y te mataste trabajando para lograr resultados, lo hiciste solo para que Alejandro y la familia Zavala te valoraran más. Pero ahora que no estás a su lado, en lugar de eso, te estás alejando cada vez más de él. Ten cuidado de que otra mujer no se aproveche de tu ausencia...
—¡Mamá! —Jimena la interrumpió bruscamente, con evidente frustración en su voz.
Ella entendía esas razones mejor que nadie.
Al principio, creyó que con su propio mérito no tendría que depender de nadie y que así se ganaría el respeto de los Zavala. Pero mira dónde estaba ahora. De la nada aparecía alguien como Ivana, y para colmo, Alejandro le daba un trato especial.
Y hasta estaba dispuesto a romper con ella por esa chica.
Pensar en todo eso la llenaba de pánico y angustia. Era un peso asfixiante que apenas la dejaba respirar.

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