Cuando Lucía por fin pudo hablar con normalidad, su voz sonaba igual que siempre. De inmediato tomó su teléfono y llamó a su familia.
Fingió un tono alegre y dijo que se lo estaba pasando tan bien que quería quedarse unos días más.
Pero Doña Elena notó al instante que algo andaba mal. No se tragó la mentira y, con voz firme, le exigió que regresara a casa de inmediato.
Lucía insistió en que quería seguir viajando, y sin dar más explicaciones, colgó el teléfono.
En cuanto la pantalla se apagó, rompió a llorar de frustración.
En ese momento, la puerta se abrió y entró Alejandro. Su mirada se fijó en las lágrimas que corrían por el rostro de ella, y le preguntó en tono de burla:
—¿Llorando otra vez?
Lucía no le respondió. Se quedó recostada de lado, aferrada a su celular.
Al ver que no tenía intenciones de hablarle, Alejandro no insistió. Entró directamente al baño y colgó la ropa limpia que había traído de casa en uno de los ganchos.
Lucía observó la escena y el corazón le dio un vuelco.
¿Acaso planeaba quedarse a vivir allí?
La sola idea la llenó de pánico y su mente se volvió un caos.
—¡Lárgate! ¡Vete de aquí! Si no fuera por ti, no habría tenido ese accidente. ¡Todo es tu culpa! Todo lo que sufro... todo es por tu culpa. Si no te hubieras metido en mi vida, no me habría pasado nada y no estaría pasando por este infierno.
Después de lo sucedido, no quería volver a verle la cara.
El aire en la habitación se volvió tenso y asfixiante durante unos segundos. Alejandro fijó su mirada en el pálido rostro de la mujer.
—Ya mandé a investigar el lugar. Es cierto que el camión pisó la línea divisoria, pero fue porque era un vehículo demasiado grande. Aún tenías espacio de sobra para esquivarlo. La verdadera razón del choque fue que ibas distraída... Estabas hablando por teléfono mientras manejabas. Déjame adivinar, tenías algo tan urgente que decir que no pudiste esperar a terminar de bajar la montaña. Ja... Mi número siempre está bloqueado, pero las llamadas de otros hombres las respondes en el acto.
—A ver, habla. Seguro que tú y Gustavo aún no han tenido tiempo de ponerse de acuerdo... —Alejandro se ajustó los puños de la camisa, con una sombra oscura nublando su mirada—. Él ya me contó de qué hablaron. Ahora es tu turno... Veamos si sus mentiras coinciden.
Lucía se quedó paralizada, con los ojos llenos de lágrimas contenidas.
En ese instante, entró la enfermera con un vaso de agua para ella.

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