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Te Toca Suplicarme A Mí, Señor Heredero romance Capítulo 370

Lucía se opuso: —Comamos aquí. Pide que traigan algo. No quiero salir a cenar.

Alejandro, que llevaba una rutina sumamente estricta y rara vez consumía comida a domicilio, detuvo sus movimientos por un segundo. Se quedó mirándola en silencio, sin responder de inmediato.

Con su mirada profunda y penetrante, le fue fácil descifrar la reticencia y la cautela escondidas en los ojos de Lucía.

Era, en el fondo, tímida y sensible; lo más probable era que le aterrorizara salir y toparse con alguien conocido.

Tras un breve silencio, Alejandro bajó el tono de su voz, la tomó por la cintura y la tranquilizó: —No hacer público lo nuestro por el momento es lo mejor para ti.

Lucía le lanzó una mirada llena de sorpresa, pero no dijo nada.

Alejandro tomó su mano, delgada y un tanto fría, sintiendo cómo se tensaba durante unos segundos. —Vamos, conozco un restaurante muy exclusivo al que nadie va... Vamos a vernos a escondidas.

Lucía no se negó esta vez y se dejó llevar de la mano fuera de la oficina. En el último piso solo quedaban Noel y Mateo; no había nadie más.

Alejandro les anunció: —Ya pueden retirarse.

Tenía la intención de conducir él mismo. Al ver esto, Mateo soltó un suspiro de alivio en secreto y se apresuró a marcharse.

Lucía lo acompañó hasta el recóndito y exclusivo restaurante, aunque seguía algo tensa.

Alejandro ya lo había notado: frente a su familia, Lucía era un terrón de azúcar, pero con él, se convertía en un leoncito a la defensiva. Verla sentada frente a él, aunque sin sonreír, ya era un verdadero logro.

Poco después, los exquisitos platillos comenzaron a desfilar por la mesa, llenando la habitación con aromas deliciosos. Él tomó los cubiertos de servicio y comenzó a servirle varias porciones en su plato.

—Come más, he notado que estás perdiendo peso últimamente.

—Mhm.

La cena transcurrió de forma lenta y en un ambiente silencioso, siendo Alejandro el que llevaba el peso de la conversación. Lucía no estaba prestándole la menor atención a la comida, y para cuando terminaron, la noche ya había caído por completo.

Lucía, que ya estaba encogida como un pollito asustado, no le contestó.

Al llegar a la habitación, Alejandro se sentó a su lado, clavando su mirada en ella: —Tú báñate aquí, yo usaré el baño de la otra habitación.

Lucía asintió.

En cuanto Alejandro salió, ella sacó rápidamente su celular del bolso, lo puso en silencio, echó un vistazo a su alrededor y lo escondió bajo la almohada.

Entró al baño y se dio una ducha rápida.

Al salir, Alejandro apenas venía del otro baño, todavía envuelto en el vapor cálido del agua. Con el torso al descubierto, sus músculos firmes y definidos quedaban expuestos; una toalla blanca le envolvía la cintura de manera despreocupada, dándole un aire maduro, salvaje e intimidante.

Antes de que Lucía pudiera decir algo, él se inclinó hacia ella, arrastrándola hasta caer juntos sobre la cama. Las suaves cobijas se hundieron ligeramente bajo su peso y la atmósfera se volvió densa e íntima al instante.

Lucía presionó suavemente sus manos contra el pecho de él, tratando de detener su avance.

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