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Te Toca Suplicarme A Mí, Señor Heredero romance Capítulo 49

El ambiente en la empresa estuvo tenso todo el día. Lucía regresó a su oficina, encendió la computadora y se puso a revisar sus correos.

Al llegar la hora de salida, le dijo a su hermano: —Julio, quiero ir a recoger a papá al aeropuerto.

Julio esbozó una sonrisa amarga. —¿Tienes ganas de que te dé una bofetada? ¿Una de esas que salen en las noticias nacionales?

Como miembros de una de las familias más importantes de Puerto Coral, el Presidente García solía asistir a foros económicos, y Julio también tenía mucha presencia en los medios.

—¿De verdad papá me haría algo así? —Lucía se aferró al brazo de su hermano, sintiendo una punzada de miedo repentino.

Su padre nunca la había tratado mal.

En realidad, no le tenía miedo a un golpe; le aterraba la idea de causarle un disgusto grave.

—Es difícil saberlo —admitió Julio. Pensaba que su padre probablemente no golpearía a Lucía, pero a él sí lo haría pedazos.

—Mejor vámonos a la casa...

Julio estaba por tomar su abrigo del sofá cuando sonó su teléfono. Era el mayordomo, avisándole que la casa estaba llena de parientes indignados y un montón de familiares políticos de los que ni siquiera recordaban el nombre...

Julio suspiró, colgó la llamada y volvió a dejar el abrigo en su lugar. —Saldremos más tarde.

Pidieron comida a la oficina y se quedaron trabajando hasta las ocho de la noche.

Hicieron cuentas y supusieron que el vuelo de su padre ya estaba por aterrizar.

Cuando los hermanos finalmente llegaron a la mansión García, casi no encontraron dónde estacionar; el interior y el exterior de la propiedad estaban abarrotados de autos desconocidos.

Julio se frotó la oreja con resignación. —¿Prefieres quedarte en el auto?

—No —respondió Lucía, negándose rotundamente mientras le apretaba la mano.

...

El mayordomo ya había salido rumbo al aeropuerto para recoger a los señores de la casa.

La sala principal estaba a reventar. Doña Rosa, la empleada de confianza, les servía agua a los invitados cuando Julio y Lucía cruzaron la puerta. De inmediato, la turba que exigía justicia se abalanzó sobre ellos, armando un escándalo.

—¡Señorita Lucía! ¡Su padre es un hombre tan bondadoso, no entiendo cómo crio a una hija tan despiadada!

—¡Capitalistas desalmados!

—El consorcio creció y se olvidaron de los que les dieron la mano. ¡No tienen vergüenza!

La madre de Fabiola, una señora de setenta años, se acercó a jalonear a Lucía.

—¡Les hemos tenido demasiada paciencia! ¿Cómo se atreven a despedir a mi hija? ¡Devuélvanle su puesto ahora mismo! —exigió con voz imperiosa—. Si no lo hacen, le voy a contar todo a Horacio y te juro, escuincla, que te vas a arrepentir. ¡Quizás no sepas quién soy, pero tu propia madre me trata de "Doña" por respeto!

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