—Tu tía Lucía ya perdió la cabeza...
Noel le tocó suavemente la nariz al pequeño Horacito y luego lo llevó adentro de la habitación, cerrando la puerta con llave a sus espaldas. A los pocos minutos, desde el patio llegó el sonido de varios frenazos. Al asomarse por el gran ventanal del segundo piso, vio claramente cómo los guardaespaldas de Alejandro arrastraban a Lucía hacia los vehículos.
Julio y Cristina intentaron bloquearles el paso, pero los hombres de Alejandro eran demasiados; no tenían la fuerza suficiente para detenerlos.
Noel bajó la mirada, fingió no escuchar ni ver nada, y se quedó en silencio cuidando a los mellizos, sin bajar a intervenir.
Al ver cómo se llevaban a su hija a la fuerza, Elena se derrumbó por completo, gritándole a Alejandro por su prepotencia y falta de escrúpulos.
Alejandro permaneció en su sitio, rodeado de un aura glacial. Ya no le importaba en absoluto dejar una buena impresión en Elena. Su tono fue tajante y sin concesiones: —Señora Elena, tengo grabada la promesa de Lucía. Si quiere llamar a la policía o a ese abogado Figueroa, adelante.
Tras decir esto, subió al último sedán negro de la fila, que rápidamente abandonó la residencia de los García.
Elena rompió a llorar, destrozada.
Con las piernas temblorosas, se apoyó en la pared, mientras Cristina intentaba sostenerla.
Al ver que Noel apenas iba bajando las escaleras, Elena desató toda su furia sobre ella: —¡Tú trabajabas para él! Viste cómo se llevaban a mi hija a la fuerza, ¡¿por qué no bajaste a ayudar?!
Noel puso cara de circunstancias y se justificó: —Señora, no podía dejarlos solos. Arriba están los mellizos, si nadie los vigila podría pasar un accidente.
Sin fuerzas, Elena se dejó caer en el sofá. Cristina corrió a traerle pañuelos y trató de consolarla en voz baja.
—¿Hay alguien capaz de poner en cintura a Alejandro?
Noel habló con frialdad: —En este punto, no hay otra opción. Deberíamos ir directamente con Don Ricardo Zavala, él podría ponerle un alto a... su hijo.

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