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Te Toca Suplicarme A Mí, Señor Heredero romance Capítulo 54

—No dormí bien. Estuve soñando toda la noche —Alejandro admitió, luciendo evidentemente exhausto desde que se despertó.

Jimena suspiró aliviada; mientras no fuera por culpa de Lucía, todo estaba bien.

—¿Qué soñaste? —le preguntó Gustavo de repente.

Alejandro volvió a masajearse el puente de la nariz. Tener el mismo sueño repetitivo resultaba bastante frustrante. —Parecía que estaba encerrado en una habitación de cuatro paredes vacías, no recuerdo nada más.

En ese instante, la secretaria entró para llenarles los vasos con agua. Gustavo apretó disimuladamente su vaso al escuchar la descripción de Alejandro.

Alejandro no entendía por qué, pero por un momento, le vino a la memoria la imagen de Lucía, arrodillada a los pies de su padre y llorando desconsoladamente.

—Yo estudié interpretación de los sueños —intervino Jimena con voz suave—. Tal vez te pueda ayudar. —Se colocó detrás de la silla de Alejandro, apoyó ambas manos sobre las sienes de él y comenzó a darle un ligero y relajante masaje circular.

Con una media sonrisa, Alejandro tomó sus manos y las apartó con delicadeza. —Sé que tienes conocimientos sobre muchas cosas...

—Ya no puedo seguir viendo esto, siempre presumiendo su amor —se quejó Lucas, parpadeando exageradamente y haciéndose el ofendido.

Gustavo esbozó una sonrisa rígida, echó un vistazo fugaz a la escena y desvió la mirada de inmediato.

...

En la mansión García, Horacio y su esposa habían estado ocupados fuera de casa desde temprano.

Esa noche, Horacio seguía resolviendo asuntos de la empresa, mientras Doña Elena llegaba a la casa luciendo completamente agotada.

—Mamá, ¿dónde está papá? —preguntó Lucía al verla entrar—. ¿Mi tío te dio problemas?

Elena simplemente negó con la cabeza, arrastrando los pies de cansancio.

Lucía lo entendió de inmediato.

Sus abuelos maternos ya habían fallecido, y solo le quedaba ese tío. Un hombre que se había divorciado dos veces, se había casado con tres mujeres distintas y que, valiéndose de su parentesco, había metido a una multitud de allegados a trabajar al consorcio. Por supuesto, eso también fue culpa de la permisividad de Doña Elena, quien por vergüenza no había sabido decirles que no en su momento, repartiéndolos por diversos departamentos. La inmensa mayoría de los empleados que solo calentaban la silla y no trabajaban pertenecían al lado de su familia materna.

Y ahora, la familia García estaba pagando el alto precio de sus propios errores.

—Todo fue mi culpa. Yo dejé que se sintieran intocables —murmuró Elena con arrepentimiento—. Lulú... ve a descansar.

Lucía le apretó la mano a su madre en señal de apoyo. —Tú también descansa, mamá. —Luego regresó a su habitación en silencio y encendió su computadora portátil.

Un rato después, antes de irse a su cuarto a dormir, Elena pasó por la habitación de su hija y la vio con toda su concentración puesta en la pantalla.

Le pareció muy extraño; esa no era la Lucía que ella conocía.

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