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Te Toca Suplicarme A Mí, Señor Heredero romance Capítulo 562

Lucía se apresuró a explicar: —Mamá, de verdad es por trabajo esta vez. Si quieres, puedes decirle al Mayordomo Pinos que me acompañe al aeropuerto y me vea subir al avión, o puedes llevarme tú misma.

Esas palabras disiparon gran parte de las dudas de Elena. Su expresión se suavizó un poco y le aconsejó con voz suave: —Ten mucho cuidado estando fuera.

Sin perder más tiempo, Lucía subió al auto de Pinos y se dirigió de inmediato al aeropuerto.

Por otro lado, Alejandro Zavala llegó a su oficina en el Grupo Zavala.

Noel ya había colocado cuidadosamente la memoria USB con las grabaciones de seguridad sobre el escritorio.

La voz de Alejandro sonó tensa: —¿El video está completo? ¿Nadie lo alteró?

—Intacto y sin alteraciones —confirmó Noel.

Al escuchar eso, a Alejandro se le heló la sangre. Tomó una respiración profunda, conectó la USB y reprodujo la grabación.

La imagen apareció nítida en la pantalla. Antes de siquiera recostarse en la camilla de intervenciones, la frágil figura de Lucía temblaba incontrolablemente. Todo en ella transmitía una abrumadora desesperación.

A Alejandro se le cortó la respiración por un instante.

Sus ojos estaban clavados en la pantalla, en aquella figura delicada y pálida, y sintió un nudo apretándole la garganta.

Desde la computadora se escuchó la voz reconfortante del médico: «Si todavía tienes dudas, puedes regresar a casa y platicarlo con tu familia»

Al segundo siguiente, se escuchó la respuesta de ella, llena de llanto y con una firmeza desgarradora: «No hace falta. Vine porque ya tomé mi decisión.»

Ella se recostó en la fría camilla, moviéndose nerviosamente. Por momentos se encogía de lado, y en otros se tendía rígidamente boca arriba ante las instrucciones del asistente.

Las lágrimas rodaban sin cesar, cayendo una a una sobre las sábanas estériles y dejando pequeñas manchas de humedad.

Solo de verla tan aislada, indefensa y temblando de miedo, a Alejandro le dolió el alma. El arrepentimiento le retorcía las entrañas. Ojalá hubiera podido estar a su lado en ese preciso instante.

«Cierra los ojitos. Solo será una siesta, y cuando despiertes todo habrá terminado.»

Esa simple frase de consuelo ocultaba un significado que todos conocían: la intervención estaba a punto de comenzar.

Alejandro no pudo soportarlo más. Se levantó de golpe, con la voz ronca, y le dijo a Noel: —Quédate mirando tú.

Noel se quedó paralizada. El señor Zavala solía proyectar una imagen fría, inalcanzable, como una luna distante. Rara vez perdía el control de sus emociones de esa manera.

Alejandro se sentó en el sofá. Había una cajetilla de cigarrillos en la mesa de centro; sacó uno y lo encendió.

Noel reanudó la reproducción del video.

Lo siguiente que se escuchó fue el grito agudo y aterrorizado de Lucía.

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