Al día siguiente, Doña Elena visitó a su hija llevando consigo a los mellizos.
Después de que Lucía pasara un rato jugando con los niños, Doña Elena le pidió a una de las empleadas que los llevara a la planta baja para entretenerlos. —Descansa un poco, no quiero que te agotes. Con lo mucho que la familia Zavala valora a este bebé, no podemos permitir que Horacito y Luciana te cansen demasiado...
—No te preocupes, yo conozco mi cuerpo.
Doña Elena comenzó a pelar una manzana mientras indagaba: —¿Te obligó a firmar un acuerdo prenupcial?
Lucía se quedó un poco descolocada. —No.
Doña Elena asintió, satisfecha. —Entonces sí se está portando a la altura. Hay hombres que, por más millones que ganen, te cuentan hasta el último centavo...
—Y además, el regalo de compromiso fue de miles de millones de pesos. Me enteré de que hay grandes corporaciones cuyo valor total ni siquiera llega a esa cifra, y Julio y su esposa casi se infartan. Aunque no aceptamos el dinero, al menos demostró sus intenciones. También mandó unos juegos de esmeraldas de herencia y joyas de colección preciosas. Guardé dos juegos en casa, pero te he traído todo lo demás.
—No te molesta que haya guardado esos dos juegos, ¿verdad?
Lucía respondió con dulzura: —Para nada, no hay problema.
—Solo le encuentro un defecto: anduvo anunciando a los cuatro vientos lo de tu embarazo —protestó Doña Elena—. Me dijeron que el señor Zúñiga, Salvador Montero y otros estaban ahí, tal vez lo hizo a propósito para que ellos lo escucharan. Los hombres pueden ser muy inmaduros...
Lucía se acarició el vientre distraídamente. —La verdad, él no me importa, ni me importan los demás. Mi único deseo ahora es que este bebé nazca sano y a término.

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