Jimena, naturalmente, notó los movimientos del niño.
Una leve sonrisa asomó en la comisura de sus labios.
El hijo de Lucía era adorable, qué lástima que no fuera suyo. ¡Ella ya no podría tener hijos nunca más! Le habían arrancado el derecho de ser madre.
La mirada de Jimena emanaba un rencor frío y oscuro imposible de disimular.
Ricardo, un hombre con años de experiencia y astucia, percibió al instante la mirada agresiva de Jimena, frunció profundamente el ceño, dejando notar su desagrado.
Lucía también se topó con esa mirada congelada de Jimena y no quiso quedarse ahí ni un segundo más. Extendió los brazos y sacó a Béisbol de la silla de un solo movimiento, aferrándolo a su pecho.
—Lulú, ¿qué estás haciendo? —Leonor se levantó, desaprobando la acción.
Lucía fue directa: —Ya nos vamos.
—Cuñada... —Camilo se paró rápidamente, intentando detenerla.
Leonor y las empleadas cercanas se apresuraron para tratar de convencerla, pero Lucía las esquivó de lado y, con Béisbol en brazos, caminó a paso rápido hacia la salida de la Residencia Zavala.
Alejandro tomó su abrigo y salió corriendo detrás de ella. Al alcanzarla afuera, extendió las manos para tomar al niño: —Yo lo cargo.
—No hace falta. —Sin detener el paso, Lucía prácticamente corrió hacia el auto estacionado en el jardín.
Béisbol descansaba dócil en su hombro, apoyado contra su madre, pero en su mente seguía pensando en toda la comidita que había en casa de la abuela...
Alejandro se pegó a la puerta del auto. —Por más que los odies, no tienes que quedarte sin comer, ¿o sí? El niño ya tiene hambre.
—¿No se supone que soñaste con todo? —Lucía volteó de golpe, con fuego ardiendo en sus ojos—. ¿Cómo morí en la vida pasada? Tu hermano me envenenó lentamente hasta matarme, ¿eso no lo soñaste...?
El rostro de Alejandro palideció por completo. En su mente se proyectó, de manera incontrolable, la escena de aquella pesadilla que lo atormentaba constantemente: una habitación de alquiler fría y lúgubre, y Lucía acurrucada en soledad sobre una cama gastada, en los puros huesos, consumida, sin el menor rastro de la vitalidad que la caracterizaba.

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