Al escucharla, Gustavo detuvo un instante su mano mientras se anudaba la corbata y su expresión se enfrió un poco.
La Sra. Beltrán insistió: —¿Sigues en contacto con ella? ¿Qué fue de su vida?
Gustavo respondió con un tono neutro y desapasionado: —Luego me di cuenta de que era una cualquiera. Trataba a todos los hombres con la misma dulzura. Detesto a la gente que no sabe respetar los límites.
Al oírlo, la Sra. Beltrán asintió de inmediato: —Ya tenemos a un desvergonzado en la familia, así que no vale la pena llorar por eso. Es mejor no involucrarse con mujeres inestables...
Dicho esto, lo apuró: —Termina de arreglarte y baja rápido.
...
Gustavo bajó, saludó a Don Guillermo y charló un rato con Alejandro, Walter Valdés y Diego Paredes antes de que anunciaran que se servía la cena.
En el salón, muchos de los invitados murmuraban entre sí.
Alguien comentó en voz baja: —Desde que Lucía se casó con Alejandro, los García hasta tienen derecho a sentarse en la mesa principal con los Zavala. Su estatus social subió como la espuma.
Quienes estaban a su lado asintieron: —Ni que lo digas...
En ese momento, algunos notaron que Lucía no estaba sentada en la mesa del gran salón.
Al ver a Alejandro bajar, alguien le preguntó: —¿Y tu esposa?
—Hay mucho ruido y la mezcla de humo y alcohol le hace daño por el embarazo —explicó él—. Mandé a preparar un salón privado arriba para que esté tranquila.
Beatriz Zavala bromeó: —Ser padre te ha cambiado por completo. Mírate, todo ocupado.
Julio García, sin poder disimular su impaciencia, lo jaló para que se sentara. —Ya, siéntate.
Elena de García añadió con prisa: —Alejandro, Noel está allá arriba con ella. Come tranquilo.
La comida había sido preparada especialmente por la cocina para los antojos de embarazada de Lucía. Ella estuvo todo el tiempo en el privado, tranquila, cenando en compañía de Noel.
A mitad de la cena, el aire se tornó helado y Lucía no pudo evitar frotarse los brazos.

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