El octogésimo cumpleaños de Don Guillermo Zavala se celebró en el restaurante de la Sra. Beltrán.
Desde temprano, Alejandro Zavala había elegido meticulosamente un vestido de maternidad para que Lucía García asistiera al banquete. Con una falda vaporosa que caía hasta la pantorrilla, le facilitaba caminar. Además, él mismo le colocó en el cuello una gargantilla con forma de rosa.
Cristina Quiroga quedó fascinada con el vestido al instante y suspiró con sinceridad: —El buen gusto de Alejandro es increíble, este vestido te queda espectacular.
Lucía García sonrió con diversión: —Lo vi mirando un montón de fotos que le mandó el estilista, seguro escogió uno al azar.
Pero en realidad, desde el diseño y la tela hasta los más pequeños detalles, todo estaba cuidadosamente pensado. La tela era suave al tacto, el corte se adaptaba a la perfección a su vientre abultado de embarazada. Era un atuendo lo suficientemente elegante para un banquete, pero sin hacerla sentir apretada en lo absoluto.
En el auto de camino al restaurante, Lucía aferraba la manga de Alejandro, ocultando una imperceptible tensión en la mirada mientras le murmuraba: —Durante la fiesta, por favor, no te apartes de mi lado ni un segundo.
—Estaré contigo en todo momento —prometió Alejandro con voz suave. Inclinó la cabeza para besar su mano y, con delicadeza, le acarició el cabello, disipando sus miedos.
Su auto fue de los últimos en llegar.
Al llegar, ya había más de una docena de autos aparcados afuera del restaurante reservado exclusivamente para el evento. Los demás miembros de la familia García también habían llegado.
Tan pronto como entraron, Leonor de Zavala les dijo con una sonrisa alegre: —Llegan más tarde que los propios invitados.
Doña Leonor lucía un elegante vestido de un tono rojo intenso, y estaba de pie junto a Ricardo Zavala, Don Guillermo y otros parientes.
Después de que Lucía saludara a Don Guillermo con algo de timidez, los familiares de los Zavala la retuvieron un rato charlando.
El restaurante estaba lleno de invitados. Celebridades y allegados iban y venían sin cesar, el murmullo de las voces llenaba el ambiente, y los saludos y conversaciones se sucedían en cada rincón.
A medida que se reunía más gente, Lucía se arrimó instintivamente hacia Alejandro y le aferró la manga. Alejandro comprendió enseguida. Se volvió hacia los parientes que se acercaban a platicar y dijo con cortesía: —Llevaré a mi esposa arriba para que descanse un poco. Bajaremos cuando sirvan la comida.

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