Alejandro, sentado junto a la cama del hospital, sacó un pañuelo suave y limpió delicadamente las lágrimas del rostro de Lucía. Su mirada reflejaba un profundo dolor: —Aunque estés enojada, no importa cuánto me hagas sufrir, con tal de que se te pase el coraje...
—Quiero el divorcio.
—Quiero el divorcio —repitió Lucía apretando las sábanas. Llorando lágrimas ardientes, habló con profundo resentimiento: —Me voy a divorciar.
Alejandro cerró los ojos, como si ya se lo esperara, y respondió con calma: —De acuerdo.
Lucía levantó la vista, limpiándose las lágrimas, un poco insegura: —Me llevaré al bebé. Es mío, la custodia tiene que ser mía.
Alejandro asintió y respondió con voz ronca: —De acuerdo.
Su repentina sumisión hizo que a Lucía le pareciera irreal. Instintivamente, soltó otra demanda para complicarle las cosas: —Quiero que te arrodilles sobre granos de maíz.
—De acuerdo —esta vez, Alejandro esbozó una pequeña sonrisa—. Le pediré a Mateo que consiga el maíz. ¿Ya estás más tranquila con eso?
Lucía lo miró con los ojos muy abiertos, las pestañas aún húmedas: —Quiero que me hagas un baile erótico, y voy a tomarte fotos. Si vuelves a provocarme, las subiré a internet.
Alejandro la miró fijamente en silencio. Esa mirada profunda e inescrutable puso nerviosa a Lucía, quien cambió rápidamente de tema en voz baja: —Mejor... dile a Mateo que redacte el acuerdo de divorcio.
Alejandro la observó y preguntó: —¿Ya no vas a llorar?
Ella asintió.
Como Mateo estaba afuera, Alejandro lo hizo entrar.
Mateo entró, pero no sabía si esto era parte de un juego de pareja, así que se quedó de pie, esperando instrucciones.
Lucía empezó a dictar las condiciones del divorcio. Aparte de los doscientos mil millones de pesos del acuerdo nupcial que ya estaban en su cuenta, no quería nada más, solo la custodia absoluta de su hijo.
Mateo pensó: "No quiere nada más... salvo una inmensa fortuna equivalente a doscientos mil millones y el hijo". Efectivamente, era un pequeño monstruo devorador de recursos disfrazado de dulzura.
Alejandro accedió a todo.
Solo añadió una cláusula: el divorcio no se oficializaría hasta que Béisbol naciera sano y salvo y pasara todo el período de peligro, y durante ese tiempo, él se encargaría personalmente de cuidarla.

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