Una vez que Leonor confirmó que su nieto estaba fuera de peligro, ordenó que llevaran al desconsolado Camilo de vuelta a la Residencia Zavala y lo obligó a arrodillarse sobre el frío piso de mármol de la sala.
Camilo no opuso resistencia alguna; dobló las rodillas dócilmente, manteniendo la espalda tensa y rígida.
Con los ojos enrojecidos y la decepción acumulada de tantos días finalmente desatada, Leonor levantó la mano y le dio una fuerte bofetada.
—La familia Zavala ha gastado todos sus recursos desde que naciste para educarte. Hemos gastado millones en ti, y tú lo ves como algo obvio, sin sentir ni una gota de gratitud. Pero resulta que Jimena te gasta unas moneditas y te conmueve el alma, ¿al punto de arriesgarte por ella y secuestrar a Lucía, que tiene siete meses de embarazo?
»¿Nosotros estamos obligados a mantenerte, pero si Jimena te da algo te parece un acto heroico? —Leonor lo abofeteó varias veces más sin piedad.
»Ahora resulta que estás con ella, ¿y ella sabe que fuiste tú quien mandó a atropellarla...?
—¡Mamá! Siempre hablas de la familia... —Camilo la miró con absoluta frialdad—, ¿acaso no soy un Zavala? A fin de cuentas, ustedes nunca me han considerado parte de esta familia.
Leonor lo fulminó con la mirada y respondió helada: —Llevas el apellido Zavala, pero, ¿tú te has comportado como uno de nosotros?
»Sé muy bien que todavía recuerdas cosas de antes de tus cuatro años. Recuerdas a tu madre biológica cuidando su pequeño puesto de comida, trabajando día y noche para sobrevivir. Por eso te obsesionaste con la tutora que estudiaba y trabajaba, y luego te atrajo Jimena, haciéndose la víctima sufrida y resiliente.
»¡Pero te has puesto a pensar que el dinero que Jimena te dio era el dinero que nosotros le dimos a ella! Cuando la atropellaste, yo misma pagé diez millones para encubrirlo todo. Ella no tenía ahorros, ¿de dónde crees que sacó dinero para mantenerte?
Camilo recibió el impacto de las palabras como un mazo en el pecho.
Por su mente pasaron de forma incontrolable imágenes del pasado: Jimena usando vestidos desgastados, limpiando mesas en la cafetería, tomando órdenes, proyectando la imagen de una joven independiente y pobre, pero que aún así apartaba dinero para ayudarlo y cuidar de él.
Leonor observó el rostro de Camilo, que cambiaba de color, y continuó: —¿Qué pasa, cuando se trata de nuestro dinero te parece sucio?

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