Cuando Lucía García llegó a casa, Cristina Quiroga y Julio García aún no habían llegado. Horacio García se había cambiado por ropa cómoda y acababa de salir a la sala.
La empleada estaba preparando la mesa para la cena. Lucía preguntó:
—Mamá, ¿todavía no llega Cristina?
Horacio rio con ganas:
—¿No puedes asomarte y mirar tú misma?
—Le estaba preguntando a mi mamá —respondió Lucía, con la mirada expectante clavada en la puerta.
La señora García sonrió con ternura:
—Desde que llegaste, has hecho la misma pregunta tres veces.
Apenas terminó de hablar, el sonido de un motor resonó en la entrada. Era Julio, que por fin traía a Cristina.
Lucía salió corriendo de inmediato.
Horacio y su esposa, que estaban sentados en el sofá, se pusieron de pie. Sus rostros reflejaban una sonrisa amable y acogedora.
Cristina entró detrás de Julio. Saludó con mucho respeto a los padres de su prometido y luego se giró hacia Lucía con una sonrisa cálida:
—Lucía...
Lucía se tragó el nudo de melancolía que se le formó en la garganta, extendió las manos y la llamó con cariño:
—Cristina.
Ambas se tomaron de las manos.
Tal como se esperaba, Cristina les trajo obsequios a los señores García y un detalle especial para Lucía. Al ver que Lucía le devolvía un regalo de la misma marca, Cristina se sorprendió gratamente. Parecía genuinamente feliz de que tuvieran gustos tan parecidos.
—Vengan, vengan, vamos a cenar y platicamos en la mesa... —indicó Horacio, tomando su lugar en la cabecera.
Durante la cena, la señora García fue sumamente atenta con Cristina, pidiéndole a Julio que le sirviera los mejores platillos.
Era la primera vez que Cristina visitaba la casa de manera formal, por lo que estaba bastante nerviosa.
Afortunadamente, los padres de Julio eran excelentes anfitriones. Aunque el presidente García solía tener un semblante imponente, en la intimidad era un hombre muy accesible y agradable.
La señora García se sorprendió de verdad:
—Cuando estabas en la universidad, le prohibías a tu hermano traer mujeres a casa. Decías que no querías tener cuñadas tan pronto y que él no tenía permiso para tener novia. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde entonces?
—¿Yo dije eso? —Lucía fingió no recordarlo.
—Por supuesto que lo dijiste, ¿acaso crees que tu madre te mentiría? —rio la señora García.
—Pues ahora adoro a Cristina —dijo Lucía, tomando la mano de su madre—. Se ve que es una mujer dulce y buena; hace una pareja perfecta con mi hermano.
—Supongo que tendré que buscar a alguien para elegir la fecha perfecta para la boda —comentó la señora García con alegría—. Tu padre también quedó encantado con ella hoy.
Tal como Lucía sabía, sus padres aprobarían a Cristina sin dudarlo tras conocerla.
Al día siguiente, al llegar al trabajo, Lucía fue directamente a ver a Pablo.
El programa que Pablo había estado desarrollando pasó la prueba de estrés en todas las dimensiones. Aunque todavía le faltaba un poco para alcanzar los estándares exactos que ella había pedido, ya le había devuelto la esperanza al Consorcio García respecto a los nuevos proyectos.
Julio, que al principio no confiaba en absoluto en Pablo, al ver los resultados admitió que el chico valía cada centavo de su sueldo millonario, e incluso propuso darle un aumento una vez que el proyecto concluyera con éxito.

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