Dado el delicado estado emocional de los mercados en ese momento, Luciano seguía siendo una pieza clave que no se podía desechar tan fácilmente.
Para proteger el futuro del Corporativo Larios, Don Ricardo decidió respaldar a su nieto, pero estableciendo un límite estricto para evitar que un desastre similar volviera a ocurrir.
Desde una perspectiva puramente estratégica, salvar ese matrimonio era vital; un divorcio inminente garantizaba una caída libre en el valor de las acciones.
Incluso tuvo que tragarse su orgullo de patriarca para prácticamente rogarle a Hanna que le diera otra oportunidad a Luciano.
Ella asintió con calma.
—Gracias, Don Ricardo. Pero, si en este mes Luciano no cambia y vuelve a cometer faltas imperdonables contra nuestra relación, ¿cómo me respaldará exactamente?
Era una pregunta cargada de veneno, lanzada deliberadamente frente a todos para obligar al anciano a comprometerse.
Aunque su tono sonaba respetuoso, su postura era inquebrantable.
El rostro de Don Ricardo se tensó por un momento mientras evaluaba la situación.
Conocía bien a Luciano: aunque no amara a Hanna, sí que amaba el poder y el dinero. Ya estaba acostumbrado a los privilegios de su estatus y no sería tan idiota como para sabotear su propio futuro.
Además, veía que la determinación de Luciano por deshacerse de esa mujer era genuina. El hecho de que estuviera rogándole a Hanna entre lágrimas demostraba que había comprendido quién era la verdadera clave para su éxito. Incluso si todo fuera una farsa, no le costaría nada fingir durante treinta miserables días.
Tras meditarlo, Don Ricardo dio su palabra:
—Si demuestra ser un animal irracional y decide cavar su propia tumba, no moveré un dedo para detenerlo. Te concederé el divorcio.
Luego, le lanzó una mirada fulminante a Luciano. Él, al darse cuenta de que Hanna le había dado un respiro, esbozó una expresión de alivio.
—Gracias, mi amor. Gracias, abuelo.


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