Hanna asintió sin decir una palabra, queriendo entrar a descansar. Había tenido un día agotador, y Julián Serna le acababa de enviar un mensaje sobre un error en el sistema del nuevo proyecto de desarrollo que debía solucionar de inmediato.
No tenía energía para darle explicaciones a Doña Úrsula.
Pero su actitud indiferente no hizo más que enfurecer a la anciana.
—Llama a Luciano ahora mismo. Pásame el teléfono para hablar con él y preguntarle si le gustaron los guisos.
Hanna levantó la mirada.
—¿Y por qué no lo llama usted misma, Señora?
Esa respuesta cortante tomó a la anciana por sorpresa.
Acto seguido, la agarró del brazo con fuerza.
—¡Mira nada más qué mala voluntad tienes para llamarle a tu propio esposo! ¿Será que ni siquiera fuiste a verlo? Qué mujer tan descarada y cruel.
Hanna no quería discutir. Armar un escándalo ahí mismo se vería mal, y, al fin y al cabo, estaba en la casa de la anciana. Si el viejo mayordomo consideraba que le estaba faltando el respeto a un superior y decidía darle a ella también una bofetada, saldría perdiendo.
Así que sacó su teléfono y marcó el número de Luciano.
Sonó varias veces hasta que, finalmente, alguien respondió.
—¿Bueno?
Era la voz de Rocío.
Escuchar a Rocío del otro lado de la línea no le sorprendió a Hanna en lo más mínimo.
Después de todo, ya sabía que Luciano había salido corriendo, ignorando sus heridas abiertas, solo para tener un último momento apasionado con su amante.
Su amor era tan profundo, su conexión tan íntima, que eran inseparables.
Recordó las lágrimas que el hombre había derramado esa misma tarde. Puras lágrimas de cocodrilo, un espectáculo montado para la familia. Su desesperación por no divorciarse no era por amor a ella, sino por el terror a perder su fortuna.
Su verdadero y único amor siempre había sido Rocío.
Por lo tanto, que ella contestara su teléfono era lo más lógico del mundo.
Con voz serena, Hanna dijo:
—Doña Úrsula quiere hablar con él. Pásamelo.

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