¿Ella perversa?
A Hanna le dieron ganas de soltar una carcajada, pero ni siquiera se molestó en responder.
Luciano, sin querer discutir más, dio media vuelta y se marchó apresurado, temiendo que Rocío pudiera intentar quitarse la vida.
Rocío siempre había sido tratada como una princesa, era delicada y lloraba si se cortaba con un papel. No era como Hanna, que era de hierro. Luciano nunca la había escuchado quejarse de dolor.
Luciano dejó a varios guardaespaldas vigilando a Hanna. Al estar paralizada de la cintura para abajo y con las costillas rotas, ella no podía valerse por sí misma y dependía totalmente de él.
Al llegar a un enorme hospital en otro estado...
Luciano por fin vio a Rocío.
Su cuerpo estaba cubierto por horribles heridas producto de una golpiza brutal. Tenía múltiples fracturas y hemorragias internas. Su rostro pálido estaba bañado en lágrimas.
Al ver a Luciano, Rocío estiró los brazos de inmediato, llorando a gritos y exigiendo que la abrazara.
Luciano no se negó. Con mucho cuidado, la tomó en sus brazos, acunándola con la delicadeza con la que se sostiene a un recién nacido.
—Luciano... mis piernas... me rompieron las piernas. Me duele muchísimo.
El rostro de Luciano reflejó una profunda angustia. La consoló con ternura:
—Tranquila, no pasará nada. Me encargaré de que te curen. Eres joven, tus huesos sanarán rápido. Pronto estarás bien.
—¡No van a sanar! ¡Lo vi! Los huesos estaban hechos pedazos y se me clavaron en la carne. Mi vida se acabó, Luciano. ¡Se acabó!
Luciano miró a Rocío, que apenas parecía humana de lo desfigurada que estaba.
De pronto, la imagen de la mirada de Hanna cruzó por su mente. Esa mirada fría, entumecida y llena de desesperación se clavó en su memoria.
No pudo evitar pensar que el hecho de haberla abandonado en el otro hospital la destrozaría por dentro.
Luciano se quedó petrificado un segundo, pero luego levantó la mano y, con el pulgar, limpió suavemente las lágrimas de Rocío.
—Ya no llores, preciosa. Me rompes el corazón.

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