Cuando Rocío se enfermaba, Luciano se quedaba despierto toda la noche para cuidarla. Pero, ¿y a ella?
Hanna negó con la cabeza internamente. No era solo cuando se resfriaba; incluso cuando sufrió su aborto, él jamás la atendió con tanto esmero.
Durante años, se había convencido de que Luciano era un hombre frío por naturaleza, que simplemente no sabía cómo demostrar afecto. Ahora entendía la verdad: sí sabía cuidar de una mujer, el problema era que a ella nunca la amó.
Dio unos cuantos bocados al pan frío, pero la comida, seca y desabrida, se sentía como arena en la garganta. Tragó con un sabor amargo en la boca.
Justo enfrente, sentado al lado de Rocío, Camilito sacó una pulsera de perlas de su bolsillo.
—Tía Chío, esto es para ti.
Hanna se quedó paralizada por un instante. Conocía perfectamente esa pulsera. Era el proyecto en el que Camilito llevaba trabajando mucho tiempo, usando perlas naturales que ella misma le había comprado durante unas vacaciones en el extranjero. Había perlas blancas, doradas, moradas y negras, y juntas formaban un diseño precioso.
Cuando el niño le dijo que estaba haciendo un regalo especial para la mamá que más quería, ella dio por sentado que era para ella. Con toda la ilusión del mundo, le había comprado herramientas especiales para que la armara, esperando ansiosa el día en que su pequeño se la entregara.


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