Hanna invitó a Isabel Torres para que pudieran conversar tranquilamente.
Isabel llegó poco después, y ambas se sentaron en los cómodos sofás frente al inmenso ventanal. La ubicación de la villa era perfecta; la vista a la bahía era algo de lo que uno jamás podría cansarse.
—Ayer, todos los invitados recibieron notificaciones confidenciales de Luciano y de los organizadores del evento —comentó Isabel—. Al final, lograron contener el escándalo y evitar que la noticia se filtrara a los medios.
Hanna asintió, comprendiendo la situación. Después de todo, se trataba de personas de la alta sociedad que preferían mantener las apariencias.
—Entonces, ¿qué piensas hacer ahora? —preguntó su amiga.
Ante la pregunta de Isabel, Hanna suspiró y negó con la cabeza.
—Él se niega a firmar. Don Ricardo fue muy claro: si nos divorciamos, le quitará el puesto de heredero.
—Todo se reduce al poder, ¿no es así? —dijo Isabel con ironía.
—Exacto —asintió Hanna—. Y además es tan egocéntrico que, por más que se lo diga, no puede asimilar que realmente quiero dejarlo. Sigue pensando que esto es solo un berrinche. La única forma de que me crea será cuando le tire los papeles del divorcio en la cara.
Los ojos de Isabel brillaron con entusiasmo.
—Muero de ganas de ver su reacción cuando llegue ese día. Será un espectáculo glorioso. Pero si ya lo tienes claro, ¿qué es lo que te preocupa?
—Me da miedo que empiece a acosarme y no me deje en paz —confesó Hanna—. Para serte sincera, después de tantas decepciones y problemas, no quiero gastar un minuto más de mi vida en él. Solo quiero mi divorcio y estar lo más lejos posible. Si decide casarse con Rocío o formar una familia con ella, no podría importarme menos.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tu desprecio fue mi suerte: En los brazos del hombre que te arruinó