Al escuchar la historia de Isabel, Hanna comprendió por qué seguía soltera después de tantos años. Su corazón ya le pertenecía a alguien más. Era una lástima; a veces, esas batallas solitarias del corazón no traían más que dolor.
—Sebastián siempre ha sido mi mayor inspiración —confesó Isabel—. Hanna, tú mejor que nadie deberías entenderme. Mi sueño es llegar a la cima, alcanzar su nivel, y solo entonces confesarle lo que siento. ¿Puedes guardarme el secreto?
Frente a una petición tan sincera, Hanna aceptó.
Después de que Isabel se despidiera, Hanna encendió su auto. Su destino era la Casona Larios.
Iba a exigirle el divorcio a Don Ricardo.
El auto se adentró en la inmensa propiedad ancestral de la familia Larios.
En cuanto el mayordomo escuchó que era Hanna, salió a recibirla de inmediato, bajando la voz.
—Señora, ¿ya se recuperó de la pierna? Desde aquella noche en que sufrió la caída, el señor Ricardo ha querido ir a verla personalmente. Le insistió mucho al joven Luciano para que le diera la dirección del hospital, pero como el joven no supo qué decirle, al final no fue. Ahora que la ve recuperada, el señor se quedará más tranquilo. De hecho, planeaba ir a buscarla hoy mismo. Ya que está aquí, acompáñeme.
Sus palabras sonaban llenas de preocupación, pero Hanna sabía perfectamente que todo era una fachada.
Cuando la dejaron tirada sin poder subir a la ambulancia, cuando Luciano la amenazó con quitarle a su médico, o el día anterior, cuando se convirtió en el hazmerreír del evento por culpa de la amante, ¿dónde estaba el anciano?
Es más, cuando perdió a su bebé, Don Ricardo tampoco fue a visitarla.
Pura hipocresía.
Hanna asintió en silencio. De todos modos, su intención era ir directamente al grano con el abuelo.
Al llegar a la sala principal, vio a Don Ricardo entrando, apoyado en el brazo de Doña Úrsula.

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