Hanna mantuvo una expresión completamente serena. Levantó la mirada sin perder la calma.
—Señora, ya no estamos en el siglo pasado. Un divorcio no es el fin del mundo, ¿por qué no habría de hacerlo? Usted tuvo ocho hijos, todos con Don Ricardo. ¿Y yo? Yo no tengo ni un solo hijo. Crié al hijo de la amante durante cinco años, me empujaron por unas escaleras dejándome paralítica, y ahora resulta que Luciano va a tener otro hijo. Si usted estuviera en mi lugar, ¿lo soportaría?
Doña Úrsula estuvo a punto de desmayarse de la furia. Apretó los dientes.
—¡Eso es porque eres una gallina estéril! ¿A quién más vas a culpar?
—Si tú no puedes parir, obviamente habrá alguien más dispuesta a darle herederos a mi nieto. Vayas a donde vayas, nosotros tenemos la razón.
La anciana estaba fúrica.
Hanna soltó una carcajada irónica.
—¿Tener la razón? ¿Tener un hijo ilegítimo tras otro con la amante es tener la razón? Según usted, destruir hogares no es inmoral y los hijos de las amantes no son bastardos. ¿Acaso su versión de la razón está por encima de las leyes y la decencia de este país?
A Doña Úrsula le dolió el comentario.
—¡Mírate nada más! Te crecieron las alas y ya quieres volar. Si no fuera por Luciano, ¿crees que estarías donde estás? No olvides por qué aceptamos este matrimonio en primer lugar. Fuiste tú quien suplicó arrastrándose que él se casara contigo.
—Admito que en el pasado fui una tonta enamorada y elegí a una escoria como Luciano —respondió Hanna, mirando a Don Ricardo—. Pero Don Ricardo, usted es un hombre de palabra. Mi relación con su nieto está completamente destruida. Si no autoriza este divorcio, no respondo por lo que pueda hacerle a Luciano. Él y Rocío me han llevado al límite, y hasta el perro más manso muerde cuando lo acorralan. Si pido que terminemos las cosas en paz, no es solo por mí, también lo hago por el bien de Luciano.
La voz de Hanna era firme.
Pero la determinación y el profundo resentimiento que ocultaba se filtraban en cada sílaba.
Doña Úrsula estaba tan indignada que no podía respirar, señalando a Hanna con dedo tembloroso.
—¡Infame! ¡Desgraciada!
La mujer de servicio que estaba a su lado comenzó a darle palmaditas en la espalda a la anciana, fulminando a Hanna con la mirada.
—Señor, déjela que se divorcie. Si es tan altanera como para rechazar a un partido como nuestro joven amo, ya veremos quién la quiere cuando sea una mujer de segunda mano. El joven amo ya la usó durante cinco años. Que no venga después a llorar y a suplicar a la familia Larios para que la acepten de nuevo.
Luego soltó un bufido despectivo.
—Seguro solo está usando este teatrito para obligarnos a correr a la amante porque ella misma no tiene la capacidad de retener a su hombre. Como si el señor y la señora tuvieran tiempo para sus berrinches. Lo que debería hacer es curarse esa barriga inservible y darle hijos al joven amo. Eso es lo único que importa.

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