Hanna sintió ganas de reír. Hasta ese momento, Luciano seguía creyendo que ella había ido hasta allí para vengarse de Rocío. Pero nada estaba más lejos de la verdad.
Ella solo quería terminar todo por las buenas y desaparecer de su vida.
La voz de Don Ricardo retumbó en la sala.
—¡Eres una vergüenza! ¿Cómo te atreves a culpar a Hanna? Si hubieras sabido mantener los pantalones en su sitio, nada de esto habría pasado. Me has dejado en ridículo frente a todos.
Luciano se sobresaltó. Miró a Hanna con resentimiento antes de responderle a su abuelo.
—Abuelo, te juro que todo esto es un malentendido. Hanna está confundida. Ese bebé fue un accidente. Rocío me drogó. Un día me dijo que iba a ponerme ungüento en una herida, pero usó una crema con afrodisíacos. Después de eso, no volví a verla. Si no me crees, revisa mis cuentas bancarias. Llevo meses sin transferirle ni un solo centavo. Estoy arrepentido.
—¡Infeliz! —bramó Don Ricardo—. Si no fueras tan estúpido como para dejarte enredar por una mujer, no estarías en este lío. ¿Cómo esperas que Hanna siga viviendo así? Después de semejante bajeza, tus excusas no sirven de nada.
Aunque Don Ricardo lo reprendía duramente, en el fondo seguía buscando la manera de evitar la ruptura.
—Hanna, sé que eres una buena mujer —continuó el anciano—. No es que no quiera cumplir mi promesa. Pero si lo que dice Luciano es verdad, quizás todo esto realmente sea un malentendido.
Hanna no cedió.
—Don Ricardo, llegados a este punto, hablar de malentendidos ya no tiene sentido. Hoy solo le pido que autorice el divorcio.
La voz de Luciano se alzó de golpe.
—¡No acepto el divorcio! ¡Me niego! ¡Aunque mi abuelo lo apruebe, yo no lo voy a permitir!
Luciano siempre le había tenido un miedo reverencial a Don Ricardo, pero esta vez, al alzar la voz, sonaba casi desafiante.
Doña Úrsula, que no se había alejado mucho y escuchaba desde la habitación contigua, zapateaba de pura desesperación.
Nunca había soportado a Hanna, y tras el accidente en las escaleras, la detestaba aún más.
Se la pasaba susurrándole al oído a Don Ricardo que Hanna, al ser de una familia común y corriente, jamás volvería a vivir en paz con Luciano después de tanta tragedia. Según ella, la casa siempre sería un campo de batalla. Era mejor echarla de una vez por todas. Por supuesto, tampoco quería que la amante entrara a la familia. Creía que podían buscarle a Luciano una mujer de mejor cuna y carácter fuerte que supiera mantener a raya a cualquier resbalosa, casarlo de nuevo y poner fin a ese desastre.
Don Ricardo no descartaba la idea, especialmente después de la humillación que sufrieron en su fiesta de cumpleaños.
Su mayor temor era que Luciano heredara las mañas de su padre, Humberto Larios, y terminara metido en líos de faldas por todas partes. Incluso si lograba fingir durante un mes, no aguantaría seis. Con el carácter que tenía Hanna, los escándalos no terminarían.

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