Hanna apretó los puños. Con los ojos rojos y brillantes por las lágrimas contenidas, clavó su mirada en Damián.
—Te lo suplico. Si me ayudas a conseguir el divorcio, aceptaré la condición que quieras...
—¿Cualquier condición?
La interrumpió de tajo, con una voz que hizo vibrar el aire.
—Cualquiera —sentenció ella, quemando sus naves.
Estaba dispuesta a entregar su alma al diablo con tal de escapar de ese matrimonio que la había humillado y pisoteado mil veces.
—Hecho.
Hanna parpadeó, desconcertada.
Jamás esperó que aceptara con esa rapidez implacable.
Las lágrimas amenazaron con desbordarse mientras su cerebro sufría un cortocircuito momentáneo.
Pero al instante, una euforia salvaje inundó su pecho. Sabía que la palabra de Damián Quintana era ley; si decía que lo haría, el divorcio era un hecho.
—G-gracias... —tartamudeó, intentando recuperar el aliento—. Entonces... ¿cuál es tu condición?
Él la observó. Miró su rostro delicado, el enrojecimiento en el rabillo de sus ojos, y esa postura orgullosa que ahora se inclinaba ante él, como si estuviera dispuesta a convertirse en su esclava con tal de lograr su venganza.
—El trato es que seas mi mujer y te cases conmigo.
Hanna se quedó de piedra. El tiempo se detuvo.
Creyó haber escuchado mal. Su expresión de absoluto terror dejaba claro que no tenía idea de cómo procesar esa exigencia.
Damián captó su repulsión, y al instante, pareció deducir el motivo.
—¿Acaso te doy asco porque soy demasiado viejo para ti?
El reproche la sacó de su estupor.
—¡No, no es eso! ¡Para nada!

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