Hanna se sentó en la cama, con la espalda recta, mirando fijamente al imponente hombre que tenía frente a ella, cuya presencia irradiaba una autoridad absoluta.
En el fondo de su corazón, se sentía bastante herida y agraviada.
Pero su rostro reflejaba pura terquedad.
Lo único que quería era dejar de estar atada a un matrimonio, pero el hombre acababa de lanzarle una amenaza que no podía rechazar: si no se casaba con él, la dejaría a su suerte para siempre.
Si él la abandonaba, ¿qué iba a hacer ella? No podía revelar su verdadera identidad, ni atreverse a reclamar su herencia, y ni siquiera habría alguien que creyera en quién era realmente. Solo le quedaría sufrir como hace un rato, cuando Rocío Luján la arrastró y la humilló contra el suelo.
—Si es así, te llevaré de regreso.
Damián Quintana se puso de pie para irse. La expresión de su rostro tenía un sesenta por ciento de algo que a Hanna le resultaba muy familiar.
Era la misma mirada que ponía su abuela cuando Hanna, en su rebeldía juvenil, intentaba volar del nido y la desobedecía abiertamente.
Pero el otro cuarenta por ciento era una oscuridad sombría y amenazante, muy distinta a la severidad de un familiar. Esa parte, ella no lograba descifrarla.
—¡No... acepto! —lo detuvo Hanna de inmediato.
Primero, porque esa frase de dejarla a su suerte realmente era un golpe letal para ella en este momento. Ya había aceptado el hecho de que Damián la estaba protegiendo, y en su situación actual, no tenía el lujo ni el poder para pelearse con un titán de su nivel.
Segundo, porque lo había analizado bien. Si lograba casarse, o más bien aliarse con Damián, podría usar su posición como su esposa para reclamar su herencia. Así, por puro interés, Damián se vería obligado a ir a la guerra contra cualquiera que intentara desaparecerla.
Y tercero, porque estaba decidida a hacer pagar a todos los que la habían lastimado. Con su identidad actual, no tenía la fuerza para enfrentarse a la familia Larios, a los Quintana o a la víbora de Rocío.
Aunque en papel tendría que compartir la mitad de su herencia con su esposo, lo cual parecía una pérdida, la realidad era que con esa mitad estaba comprando el respaldo absoluto y la inmensa fortuna que Damián generaría en el futuro.
Para ella, era el trato del siglo.


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