La máscara perfecta del rostro maquillado de Rocío se resquebrajó.
No iba a permitir bajo ninguna circunstancia que Luciano se dejara seducir por los encantos de esa mujer. De inmediato llamó a Camilito, le susurró algo al oído y el niño empezó a hacer un berrinche escandaloso.
—¡Papá, papá!
En medio del alboroto, Hanna logró zafarse del agarre de Luciano, quien frunció el ceño, claramente irritado por la interrupción.
Al abrir la puerta, Camilito se aferró a los pantalones de Luciano:
—Papá, a Camilito le duele mucho la pancita.
Al ver al niño retorcerse agarrándose el estómago con tanto drama, Luciano pensó que había comido algo en mal estado. Lo cargó en brazos y salió corriendo hacia el hospital infantil más cercano.
Aprovechando la situación, Rocío entró a la habitación principal.
Caminó hacia Hanna con una sonrisa torcida.
—Hanna, me imagino que viste la asamblea de hoy, ¿verdad? Viste lo mucho que me adora Lucho, cómo me consiente en todo. Hasta me presentó frente a todos sus socios como su mujer. En todos estos años que llevas con él, ¿alguna vez te ha tratado así? ¿Por qué nadie en la empresa sabe quién eres? Es más, los escuché decir que hoy te regañó a gritos por asuntos de trabajo. Si yo hubiera hecho lo mismo, te aseguro que jamás me levantaría la voz.
Hanna la escuchó con absoluta calma.
Luego, le preguntó en un tono suave:
—¿Ser su amante te hace sentir tan orgullosa?
Rocío percibió el sarcasmo, pero asumió que Hanna lo decía por pura envidia y frustración.
Su sonrisa no se desvaneció:
—Lo que quiero decir es que yo soy la mujer a la que él de verdad ama. Tú no.

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