La máscara perfecta del rostro maquillado de Rocío se resquebrajó.
No iba a permitir bajo ninguna circunstancia que Luciano se dejara seducir por los encantos de esa mujer. De inmediato llamó a Camilito, le susurró algo al oído y el niño empezó a hacer un berrinche escandaloso.
—¡Papá, papá!
En medio del alboroto, Hanna logró zafarse del agarre de Luciano, quien frunció el ceño, claramente irritado por la interrupción.
Al abrir la puerta, Camilito se aferró a los pantalones de Luciano:
—Papá, a Camilito le duele mucho la pancita.
Al ver al niño retorcerse agarrándose el estómago con tanto drama, Luciano pensó que había comido algo en mal estado. Lo cargó en brazos y salió corriendo hacia el hospital infantil más cercano.
Aprovechando la situación, Rocío entró a la habitación principal.
Caminó hacia Hanna con una sonrisa torcida.
—Hanna, me imagino que viste la asamblea de hoy, ¿verdad? Viste lo mucho que me adora Lucho, cómo me consiente en todo. Hasta me presentó frente a todos sus socios como su mujer. En todos estos años que llevas con él, ¿alguna vez te ha tratado así? ¿Por qué nadie en la empresa sabe quién eres? Es más, los escuché decir que hoy te regañó a gritos por asuntos de trabajo. Si yo hubiera hecho lo mismo, te aseguro que jamás me levantaría la voz.
Hanna la escuchó con absoluta calma.
Luego, le preguntó en un tono suave:
—¿Ser su amante te hace sentir tan orgullosa?
Rocío percibió el sarcasmo, pero asumió que Hanna lo decía por pura envidia y frustración.
Su sonrisa no se desvaneció:
—Lo que quiero decir es que yo soy la mujer a la que él de verdad ama. Tú no.
Hanna se dio la media vuelta y la dejó sola antes de que pudiera siquiera reaccionar.
Las uñas de Rocío se clavaron en sus palmas con tanta fuerza que casi se sacó sangre.
Hanna siempre había sido sumisa y dócil con ella. ¿Por qué de repente se atrevía a enfrentarla con tanta agresividad?
Un veneno de envidia y odio puro comenzó a hervir en las venas de Rocío.
Un rato más tarde, Hanna cenó y regresó a la habitación. Siguió empacando todo. Después de haber vivido en esa casa durante cinco años, quería dejar todo resuelto de una vez; lo que no pudiera llevarse, iría directo a la basura para evitar que Rocío lo usara luego para burlarse de ella.
Llenó bolsas y bolsas de basura.
Mientras revisaba sus cosas con atención, encontró muchos de los regalos que le había dado a Luciano a lo largo de los años. Cada año se esforzaba por darle algo único y especial, regalos pensados con todo el amor del mundo. Pero ahí estaban, arrumbados en una caja juntando polvo, tirados como si no valieran nada. Incluso las cartas de amor de varias páginas que le había escrito seguían dentro de los sobres, sin siquiera haber sido abiertas.

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