El tono de llamada sonó por lo que pareció una eternidad.
En cuanto contestaron, Hanna gritó desesperada:
—Lucho, estoy en peligro, por favor llama a la policía, mi dirección es...
No pudo terminar la frase. Del otro lado de la línea estalló una carcajada.
Era la voz de Rocío.
Hanna apretó el teléfono con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.
Rocío dijo entre risas burlescas:
—¿Cómo tienes el descaro de seguir llamando a Lucho? ¡No tienes ni un gramo de vergüenza!
Hanna sintió como si le clavaran un puñal en el pecho.
Sabía que ella y Luciano estaban a punto de divorciarse, pero lo había cuidado devotamente durante cinco años. Ahora, acorralada y sin salida, solo le pedía que hiciera una simple llamada a la policía para salvarle la vida.
Y Luciano no solo se había negado a contestar, sino que le había dado el teléfono a Rocío para que la humillara.
Hanna tomó un respiro tembloroso, mientras las lágrimas brotaban de sus ojos:
—Señorita Luján, se lo ruego, llame a la policía por mí. Estoy en verdadero peligro, van a entrar.
Rocío respondió con un tono divertido y malicioso:
—¿Y por qué no llamas tú misma? Si tienes tiempo para marcarle a mi novio y molestarnos, tan en peligro no debes estar. Qué patética eres, ¿lo estás haciendo a propósito, verdad? ¿Finges que te pasa algo para que Lucho corra a salvarte? Ya supéralo, acéptalo de una vez.
Una risa llena de desprecio resonó en el auricular.
—Él no te ama. Si tienes un poco de dignidad, deja de llamarnos.
Antes de que Hanna pudiera suplicar de nuevo, Rocío le colgó.
Hanna se quedó mirando la pantalla, con la visión nublada por las lágrimas. En el momento en que más lo necesitaba, en el instante en que su vida corría peligro, Luciano permitió que su amante la humillara de la peor forma posible. Fue como recibir el golpe de gracia.
Hanna se deslizó debajo de la cama, temblando, justo cuando escuchó el estruendo de la puerta principal cediendo.
Por el ruido de las pisadas, era evidente que el intruso no se detuvo a revisar la sala en busca de objetos de valor. Iba directo hacia la habitación. Esto no era un robo.
—Preciosa, ven con papi, te prometo que te va a gustar —una voz repulsiva resonó al otro lado de la puerta.
Hanna sintió que el corazón se le subía a la garganta. Escuchó cómo empezaban a forzar la perilla.
Justo cuando sentía que el aire le faltaba por el terror, se escuchó un golpe sordo y brutal en la sala. Luego, un grito de dolor, seguido de múltiples alaridos desgarradores.


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