Hanna retrocedió de inmediato para alejarse de él.
La voz del guardaespaldas resonó, fría y autoritaria:
—El señor Quintana ordenó que lo castren.
El rostro del hombre se deformó por el terror. Antes de que pudiera siquiera intentar balbucear otra súplica, soltó un alarido desgarrador mientras un dolor insoportable le atravesaba la entrepierna, para luego caer desmayado por el impacto.
Después de eso, un par de hombres arrastraron el cuerpo inerte fuera del departamento, mientras otro limpiaba el charco de sangre del suelo con una eficiencia perturbadora.
Hanna, aún en shock, le preguntó al líder de los guardaespaldas:
—Ha perdido demasiada sangre... y con eso... ¿no se va a morir?
El hombre de negro respondió con calma:
—No se preocupe por eso, somos profesionales y sabemos medirnos. Vaya a descansar, señorita Mendoza. El señor Quintana me pidió que le dijera que no tiene nada que temer.
Terminando la frase, el líder y el resto de los hombres salieron del departamento, cerrando la puerta tras de sí.
Hanna sintió que las piernas le fallaban y se dejó caer pesadamente en el sofá.
De pronto, no pudo evitar recordar las palabras inconclusas de su abuela justo antes de morir.
Le había confesado que su verdadero origen guardaba un gran secreto.
Sin embargo, el tiempo no le alcanzó para revelarle quiénes eran realmente sus padres.
¿Qué conexión tenía ella con este misterioso señor Quintana?
-
Después de apenas dormir, amaneció. Era día laboral.
Al llegar a las oficinas de la empresa, Hanna se topó de frente con Rocío.
Al verla entrar entera y sin un rasguño, una chispa de absoluta sorpresa brilló en los ojos de Rocío.
Pero rápidamente recuperó la compostura, actuando como si la llamada de auxilio de la noche anterior jamás hubiera existido.
Rocío llevaba puesto un elegante vestido blanco de diseñador con los hombros descubiertos, acompañado de unos pendientes ostentosos. Parecía lista para ir a una gala de la alta sociedad, un estilo que desentonaba completamente con el entorno de los ingenieros de software.
A su lado, Valeria, otra de las ingenieras del equipo, revoloteaba como abeja sabiendo que Rocío era la novia de Luciano. No paraba de adularla.

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