—Entonces, ¿por qué no me dejas ir? —preguntó Hanna.
—La empresa seguirá funcionando sin mí. Si me mantienes atada a ti es simplemente porque te salgo barata, porque soy gratis. Durante todos estos años, me has retenido porque soy tu sirvienta gratuita, tu mula de carga, tu saco de boxeo. Lo siento, pero ya no pienso seguir haciéndolo.
El tono de Hanna estaba cargado de frialdad y dolor.
Una profunda amargura invadió cada célula de su cuerpo.
Ella sabía perfectamente que Luciano había utilizado su talento como un peldaño para construir su imperio, y lo había permitido de buena gana porque lo amaba, dispuesta a ser la mujer fuerte detrás del telón.
Pero Luciano había pisoteado su dignidad, borrado todos sus sacrificios y ahora solo le importaba elevar a esa amante de corazón venenoso.
El reconocimiento público que Hanna siempre anheló nunca llegó, pero en el instante en que Rocío pisó el país, Luciano le entregó todo el favoritismo y el título que le correspondía a ella.
Sus palabras dejaron a Luciano sin aire, con las réplicas atoradas en la garganta.
Frunció el ceño, confundido y tenso.
—Hanna, lo siento.
Finalmente pareció darse cuenta.
—Siento no haberte acompañado para despedirte de tu abuela.
Hanna sintió unas ganas terribles de reírse. Era el colmo de la hipocresía; intentar tapar el pozo cuando el niño ya se había ahogado, pero ya era demasiado tarde.
Lo que más le dolía era haber descubierto que Luciano nunca la había amado. Si no hubiera visto con sus propios ojos la devoción que él le tenía a Rocío, probablemente seguiría viviendo engañada.
Seguiría buscándole un sinfín de excusas para justificar todas sus acciones, incluso la existencia de ese hijo ilegítimo.
—Simplemente aprueba mi renuncia y contrata a un nuevo ingeniero a precio de oro. Búscate a un posdoctorado del MIT, o vete a Silicon Valley a robarte a un par de genios. Págales millones para que se dediquen a enseñarle a Rocío.
—¿Te has vuelto loca? —Luciano se puso de pie de un salto, alzando la voz—. ¿Qué demonios te pasa, Hanna? ¿Qué te sucede últimamente? Tú no eras así, nunca me habrías tratado de esta manera.
—¿Quieres saber qué me pasa? Ayer casi abusaron de mí. Me salvé de milagro. Te llamé pidiendo ayuda a gritos, y lo único que hiciste fue pedirle a Rocío que me dijera que dejara de molestarlos. En todos estos años, ¿alguna vez te has preocupado realmente por mí?
»Luciano, ¿alguna vez me amaste? Soy un ser humano, no una máquina de hacer dinero. Me lastiman, sufro, necesito tiempo para sanar y no puedo seguir trabajando veinticuatro horas al día solo para servirlos a ustedes —estalló Hanna.
—¿Qué estás diciendo? —Los ojos de Luciano se abrieron de par en par, incapaz de creer lo que acababa de escuchar.
Hanna dejó escapar un largo suspiro:
—Luciano, estoy demasiado cansada. Déjame ir.

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