—Entonces, ¿por qué no me dejas ir? —preguntó Hanna.
—La empresa seguirá funcionando sin mí. Si me mantienes atada a ti es simplemente porque te salgo barata, porque soy gratis. Durante todos estos años, me has retenido porque soy tu sirvienta gratuita, tu mula de carga, tu saco de boxeo. Lo siento, pero ya no pienso seguir haciéndolo.
El tono de Hanna estaba cargado de frialdad y dolor.
Una profunda amargura invadió cada célula de su cuerpo.
Ella sabía perfectamente que Luciano había utilizado su talento como un peldaño para construir su imperio, y lo había permitido de buena gana porque lo amaba, dispuesta a ser la mujer fuerte detrás del telón.
Pero Luciano había pisoteado su dignidad, borrado todos sus sacrificios y ahora solo le importaba elevar a esa amante de corazón venenoso.
El reconocimiento público que Hanna siempre anheló nunca llegó, pero en el instante en que Rocío pisó el país, Luciano le entregó todo el favoritismo y el título que le correspondía a ella.
Sus palabras dejaron a Luciano sin aire, con las réplicas atoradas en la garganta.
Frunció el ceño, confundido y tenso.
—Hanna, lo siento.
Finalmente pareció darse cuenta.
—Siento no haberte acompañado para despedirte de tu abuela.
Hanna sintió unas ganas terribles de reírse. Era el colmo de la hipocresía; intentar tapar el pozo cuando el niño ya se había ahogado, pero ya era demasiado tarde.
Lo que más le dolía era haber descubierto que Luciano nunca la había amado. Si no hubiera visto con sus propios ojos la devoción que él le tenía a Rocío, probablemente seguiría viviendo engañada.
Seguiría buscándole un sinfín de excusas para justificar todas sus acciones, incluso la existencia de ese hijo ilegítimo.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tu desprecio fue mi suerte: En los brazos del hombre que te arruinó