Su innegable atractivo atrajo de inmediato las miradas de gran parte de los invitados.
Hanna ya había investigado en internet el rostro de Leonardo Zermeño, el presidente del Grupo Zenit, así que no tardó en reconocerlo como el anfitrión de la noche. Leonardo era un hombre en sus treintas, con una carrera brillante, imponente y lleno de carisma.
Al ver a Julián, con quien tenía una buena relación, caminó hacia ellos con una amplia sonrisa.
Pero justo cuando estaba a punto de saludarlos, un revuelo en la entrada principal captó la atención de todos. Al ver quién acababa de llegar, Leonardo se quedó paralizado, casi dudando de sus propios ojos. El resto de los asistentes reaccionó de la misma manera; los murmullos de asombro llenaron el salón.
Hanna y Julián, que estaban de espaldas a la entrada, no entendían qué sucedía al ver las expresiones de estupefacción y sorpresa en los rostros de los demás. Intrigada, Hanna intentó descifrar la situación, pero Leonardo les dedicó una mirada de disculpa y pasó de largo, dirigiéndose rápidamente hacia las puertas.
—¡Señor Larios! —se escuchó decir a Leonardo.
Al escuchar ese nombre, el corazón de Hanna dio un vuelco. La respuesta llegó a su mente como un balde de agua fría. Se giró lentamente, y la sonrisa se congeló en su rostro.
Efectivamente, el recién llegado era Luciano. Y no venía solo; Rocío Luján estaba aferrada a su brazo.
Luciano lucía un impecable traje negro cruzado con un chaleco a juego. La tela, finamente planchada por la empleada, no tenía ni una sola arruga. En el pasado, a Hanna le fascinaba verlo de traje. Realzaba su figura imponente, sus hombros anchos, su cintura estrecha y sus largas piernas, cumpliendo con cada una de las fantasías que tenía sobre él.
Por eso, durante años, Hanna se había dedicado a mandarle a hacer trajes a la medida, gastando fortunas sin pensarlo. Incluso elegía personalmente cada botón. Todo su guardarropa había sido curado por ella, incluyendo el conjunto que llevaba esa misma noche. Jamás imaginó que su dedicación y buen gusto terminarían sirviendo para que él deslumbrara del brazo de otra mujer.
Y Rocío... Rocío llevaba puesto exactamente el mismo vestido de quince millones que Hanna había visto el día anterior, junto con el deslumbrante collar de diamantes.
Rocío era alta, con una figura espectacular y una presencia arrolladora. Dominaba aquel vestido lujoso con una facilidad insultante, pareciendo una diosa inalcanzable.
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