El verdadero problema para él era que sentía que estaba perdiendo el control sobre ella.
Hanna sonrió con indiferencia y negó con la cabeza, para luego soltar la pregunta que le importaba:
—Los papeles del divorcio, ¿ya los firmaste?
—¿De qué estás hablando? —replicó Luciano.
Con esa simple respuesta, Hanna confirmó sus sospechas. Luciano ni siquiera se había molestado en abrir el sobre que le había dejado.
Se lo había entregado en la mano, advirtiéndole que era importante, y él no movió un dedo.
Luego le insistió por teléfono para que firmara, y a él le dio exactamente igual.
Hanna esbozó una sonrisa cargada de desdén.
—La vez que hubo problemas con Trueno Games, antes de irme te dejé unos documentos. Te lo repetí varias veces. Eran los papeles del divorcio.
A Luciano le vino a la mente el recuerdo difuso de aquel sobre, pero en su momento asumió que era alguna lista de cosas extravagantes que ella quería que le comprara. Pensó que, como le había depositado 20 millones, no hacía falta revisarlo; podía comprarse lo que quisiera.
Nunca se le pasó por la cabeza que lo que había dentro de ese sobre no eran las escrituras de una mansión o un auto nuevo.
—¿Quieres divorciarte de mí? —preguntó, atónito.
Hanna asintió con naturalidad.
—Así es.
—¿Solo porque en el banquete defendí un poco a Rocío vas a tirar nuestro matrimonio a la basura? —Luciano no daba crédito.
Hanna negó lentamente.
—Viene de mucho antes.
Luciano frunció el ceño. Hizo memoria sobre cuándo le había entregado esos papeles y se dio cuenta de que fue hace meses.
—No voy a divorciarme de ti.
—¿Por qué? —preguntó Hanna. Creía que él saltaría de alegría al ver que no perdería ni un peso.
Pero el rostro de Luciano reflejaba todo menos felicidad.
A decir verdad, él jamás había contemplado la idea del divorcio.
Para él, que ella se hubiera mudado era un simple capricho; tarde o temprano regresaría rogando.
Y respecto a su salida de la empresa, pensó que se debía a un berrinche laboral. Ahora que había recuperado Trueno Games, cualquier resentimiento debería haberse esfumado.
Además, el hecho de que aceptara llevar al niño al kínder sin rechistar fue interpretado por él como una bandera blanca, una señal de que quería reconciliarse.
Él le había dado la excusa perfecta para ceder, convencido de que ella tomaría la oportunidad para que las cosas volvieran a la normalidad.
Pero con el divorcio sobre la mesa, la sorpresa lo sobrepasó. Era algo que jamás había estado en sus planes.

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