Era innegable que tenía una marcada preferencia por Rocío, pero eso no significaba que estuviera dispuesto a dejar ir a Hanna.
Hanna era una mujer excelente. Si existiera un estándar de oro para medir a las esposas, Luciano no dudaría en admitir que ella pertenecía a la élite.
Además, estaba convencido de que ella lo adoraba.
Esa fue, de hecho, la razón principal por la que la eligió en primer lugar. Sabía que su profundo amor la llevaría a sacrificarse incondicionalmente, convirtiéndola en el pilar perfecto para administrar su hogar mientras él se enfocaba en su imperio corporativo.
Y a cambio, él le había entregado el trofeo con el que tantas soñaban: la convirtió en la Señora Larios, sacándola del anonimato para elevarla a la alta sociedad.
Habiendo crecido viendo el matrimonio de sus propios padres, Luciano asumía que Hanna entendía las reglas del juego: ser la esposa de un magnate significaba hacerse de la vista gorda ante sus amoríos. Él no tenía por qué ofrecerle amor, principalmente porque ni siquiera él mismo comprendía qué significaba esa palabra.
—Hanna, no me digas que eres tan ingenua como para creer que un matrimonio se basa en el amor.
Soltó una risita burlona.
—Creí que lo entendías. Cuando te casaste conmigo, ¿nadie te explicó cuál era mi verdadera relación con Rocío?
Era cierto, Hanna había sido ridículamente ingenua. Creyó que cuando él le propuso matrimonio, lo hacía como respuesta a sus sentimientos. En su cosmovisión, una familia se construía a base de afecto genuino.
Pero la realidad era que solo había caído en una trampa perfectamente orquestada por él. Se había inmolado, convirtiéndose en el combustible que a él le servía para adquirir el poder necesario para proteger y consentir a Rocío.
—Hubo quienes me advirtieron que no me casara contigo —respondió Hanna, con la mirada vacía—. Dicen que nadie escarmienta en cabeza ajena, que son los golpes de la vida los que te enseñan. Y vaya que aprendí la lección.
—Escúchame bien, Luciano: lo único que quiero es el divorcio. Llevo mucho tiempo deseándolo. Cada maldita noche, cuando recuerdo a mi bebé, lo único que quiero es alejarme de ti.
—Yo soñaba con ser madre. ¿Pero sabes por qué estuve tomando pastillas anticonceptivas todo este tiempo? Porque la simple idea de traer un hijo a un hogar donde no existe el amor me aterraba. No soportaba la idea de condenarlo a esta vida.
Luciano se quedó paralizado. Su propio hogar nunca había tenido amor, entonces, ¿por qué su madre había decidido traerlo al mundo?
—Como sea, no te voy a dar el divorcio —sentenció, tomando una decisión inquebrantable.
No es que estuviera locamente enamorado de ella, simplemente no tenía ningún interés en alterar el orden de su vida matrimonial.
Hanna, que entendía perfectamente cómo funcionaba la mente de un niño, no lo pensó dos veces e intentó bajarse.
Pero Rocío la detuvo.
—Hanna, voy de paso para la oficina. Solo quería platicar contigo un minuto.
Al escuchar esto, Camilito frunció sus pequeñas cejas, visiblemente decepcionado. Sin embargo, razonó que su Tía Chío, al igual que su papá, debía tener muchísimos empleados a su cargo y no tenía el tiempo libre que le sobraba a su mamá.
Eso lo consoló, pero su deseo de viajar junto a ella era innegociable. Así que, con tono de pequeño dictador, ordenó:
—Mamá, vete a sentar adelante. Así Camilito y la tía tendrán más espacio.
Hanna parpadeó, perpleja. En la fila de atrás cabían tres personas sin ningún problema; el espacio sobraba. Sin embargo, el niño la exiliaba al frente.
Quedaba más que claro: para él, Hanna no era más que una pieza desechable. Lo único que le importaba era la comodidad de Rocío. Igualito que a Luciano.

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