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Tu desprecio fue mi suerte: En los brazos del hombre que te arruinó romance Capítulo 76

Nuevo hogarTu desprecio fue mi suerte: En los brazos del hombre que te arruinó ya está en NarraverseSigue leyendo en nuestro nuevo sitio: un lector más limpio, páginas más rápidas y los capítulos más recientes.Leer en Narraverse

Rocío ya estaba enterada de la bancarrota de la empresa tecnológica.

No era tonta. Sabía perfectamente que Luciano no iba a tolerar que ella siguiera destruyendo sus negocios de esa manera.

Si ella no se hubiera empecinado en humillar a Hanna robándole su puesto, Hanna jamás habría renunciado. Y si no la hubiera obligado a entregar sus códigos, Hanna no la habría arrastrado por el fango públicamente.

El intento de robo de Valeria no fue lo que hundió el barco; lo que realmente espantó a los inversores fue la arrogancia enfermiza de Rocío pavoneándose frente a los micrófonos. Si hubiera sido un simple error de una empleada, despedían a Valeria y listo. Pero la directora general demostró ser una fraude.

Ningún pez gordo iba a poner un centavo en una empresa liderada por alguien tan estúpida y escandalosa.

Ella solita cavó la tumba del proyecto.

Ahora, sin un solo éxito a su nombre, temía que Luciano la odiara en secreto.

Dependía cien por ciento de él para mantener su estilo de vida, así que, desesperada, decidió usar la única moneda de cambio que le quedaba: su cuerpo.

A pesar de la incomodidad del momento, Rocío se acercó a él con pasos felinos, contoneando sus caderas bajo la provocativa lencería roja.

Se paró muy cerca, casi rozándolo.

Luciano bajó la mirada hacia ella.

Era una escena bizarra. Jamás pensó verla en esa actitud.

Pero entendía su juego. Sabía que estaba aterrada de perder su favor después de quebrar la empresa y por eso se rebajaba a suplicar su atención.

Estaba dispuesta a todo, incluso a arrodillarse frente a él como si fuera cualquier mujer de compañía.

Sus curvas voluptuosas y artificiales estaban a punto de desbordarse.

Cualquier otro hombre habría perdido la cabeza de deseo ahí mismo.

Pero Luciano, al mirarla, solo pudo pensar en una persona: Hanna.

Le resultaba frustrante. Él juraba que no amaba a su esposa, pero cada vez que el deseo se asomaba, la mente se le inundaba con imágenes de ella.

Hanna había sido su primera y única mujer.

Recordó su noche de bodas. Ella llevaba un vestido blanco inmaculado. Él se acercó por la espalda y le quitó el velo con delicadeza.

Recordaba su mirada, tan llena de ilusión y timidez. Parecía una tentación pura, con las mejillas ruborizadas contrastando con su piel de porcelana.

Salió media hora después, con el cabello húmedo.

Rocío tenía los ojos llorosos y llenos de rencor.

—Lucho, ¿qué significa esto? ¿Prefieres encerrarte a arreglártelas tú solo antes de dejar que yo te complazca? —reclamó con voz quebrada.

Él no quería destruirla más de lo que ya estaba.

—Roci, por favor, vete a tu habitación. Tú lo sabes bien... no quiero convertirme en un asqueroso como mi padre.

La excusa perfecta. Ocultarse tras el asco que le daba Humberto Larios y sus escándalos de faldas.

Pero la cruda realidad era que Rocío no le provocaba ni la más mínima chispa.

Desde que era un adolescente y vio cómo las infidelidades de su padre volvieron loca a su madre, desarrolló un bloqueo psicológico.

En todos estos años, jamás había sentido deseo por nadie, ni viendo películas para adultos. La única mujer que lograba encender su sangre era Hanna, su legítima esposa.

Pero obvio, no podía escupirle esa verdad en la cara a Rocío. Ninguna mujer soporta saber que el hombre que la mantiene no la desea en absoluto.

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