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Tu desprecio fue mi suerte: En los brazos del hombre que te arruinó romance Capítulo 77

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Por lo tanto, la excusa de "no querer ser como su padre" era el escudo perfecto para ocultar su nulo interés sexual por ella.

Pero el daño ya estaba hecho. Rocío sentía que le hervía la sangre de la humillación. Había apostado todo a que, al expulsar a Hanna de su vida, Luciano descargaría sus necesidades de macho con ella.

Que prefiriera resolverlo con su propia mano en el baño antes que tocarla era una ofensa imperdonable.

Ella se había puesto de rodillas, dispuesta a quitarle el cinturón, y él la había tratado como si tuviera lepra.

¡Cualquier mujer preferiría morirse antes que soportar un rechazo así!

Y lo que más le clavaba espinas en el orgullo era saber que él subió corriendo las escaleras solo porque pensó que ella era Hanna.

Estrechó los ojos, mirándolo con un veneno apenas contenido.

—Lucho —dijo, arrastrando las palabras—. Entiendo que quieras hacerte el santo y no ser como tu padre. Pero que tú le guardes fidelidad física a Hanna, no significa que ella haya hecho lo mismo.

El rostro de Luciano se endureció al instante.

—No digas idioteces. Yo conozco a mi esposa. Ella no es de esas.

Rocío soltó una carcajada amarga.

—Claro, la modosita de Hanna. Solo tiene cara de inocente, pero es una trepadora de lo peor. Desde la universidad hizo de todo para enredarte. ¿O acaso nunca escuchaste los chismes que corrían por la facultad? Todo el mundo sabía de su amorío enfermizo con el profesorcito ese, Julián Serna. Decían que era una trepadora académica, por eso le regalaron la beca al extranjero.

Luciano frunció el ceño, apretando la mandíbula.

Pero de pronto, un recuerdo lo asaltó: el día que se casaron, Hanna era virgen.

—Te equivocas, Rocío. Confío en que no hubo nada entre ellos —sentenció él.

—¿Confías? Ay, Lucho, qué ingenuo eres. Hoy en día, pagas una cirugía de reconstrucción en cualquier clínica de quinta y pasas por santa.

Se acercó a él, sembrando la duda.

—Además, no han dejado de hablarse en todos estos años. Te apuesto lo que quieras a que se revolcaron mientras tú estabas ocupado viajando por negocios. ¿Ya se te olvidó cómo se miraban el otro día en la cena?

A la mañana siguiente, el timbre estridente de su teléfono lo sacó de sus sueños. Era el viejo mayordomo de la mansión familiar.

—Joven Luciano, el señor Ricardo leyó los periódicos a primera hora. Me ordenó que le pregunte qué demonios está pasando con la quiebra de la empresa tecnológica.

A Luciano se le hizo un nudo en el estómago. Sabía que no podría ocultarlo mucho tiempo, pero no imaginó que la bomba llegaría a oídos de su abuelo tan rápido.

Se tensó. Tenía que inventar algo. Afortunadamente, Don Ricardo no entendía nada de tecnología ni de los chismes de esa industria.

Como la empresa ya estaba formalmente en bancarrota, él mismo había manipulado los reportes financieros para no verse tan mal.

—Es el mercado —mintió—. Hay demasiada competencia. No logramos actualizar nuestros sistemas a tiempo y el producto se quedó obsoleto. Fue una combinación de malos factores.

Pensó que ese cuento barato calmaría a su abuelo, pero el mayordomo lo interrumpió.

—Joven, el patrón está hecho una fiera...

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