Hanna lo escuchó sin pestañear.
—¿Y qué gano yo con todo esto? —preguntó.
Luciano la miró con genuina sorpresa. En los ocho años que estuvieron juntos, cada vez que él le pedía un favor o le exigía que hiciera algo por la empresa, ella obedecía sin chistar. Jamás había pedido nada a cambio.
—¿Qué es lo que quieres? —preguntó, frunciendo el ceño.
Hanna esbozó una sonrisa cargada de ironía.
—¿Me darás cualquier cosa que te pida?
—Claro que sí —aseguró él, inflado de arrogancia.
—Bien. Lo único que quiero es que me firmes el divorcio hoy mismo.
Luciano se quedó paralizado. Su expresión se oscureció y, casi por instinto, estiró el brazo hacia ella.
—Hanna, no digas locuras. Nuestro problema no es tan grave como para llegar al divorcio.
Sus dedos largos y elegantes rodearon la cintura de la chica.
Era un gesto sumamente íntimo. Él nunca solía ser cariñoso en el día a día, solo la agarraba de la cintura así cuando hacían el amor.
Ese movimiento siempre había sido una forma de dominio, de marcar territorio, aunque a Hanna siempre le había transmitido una falsa sensación de protección.
Pero esta vez, al sentir su mano, un escalofrío de asco le recorrió el cuerpo. De un manotazo, apartó la mano de su marido.
El rechazo hirió el ego de Luciano como una puñalada. Apretó los labios, claramente ofendido.
—Hanna, abre los ojos. Soy Luciano Larios. Mi fortuna es incalculable. Si me dejas, en tu vida vas a encontrar a un hombre mejor que yo. Además, sé que te mueres por mí.
Como si estuviera domando a un animalito herido, dejó un beso en su cuello, esperando que, con un par de palabras dulces y algo de autoridad, ella volviera a ser la esposa sumisa de siempre.
Hanna se zafó de su agarre con un empujón y se pegó a la puerta de su lado.
Le parecía ridículo. ¿En serio Luciano estaba usando el miserable matrimonio de sus padres como excusa para que ella aceptara a Rocío como su amante oficial?
No valía la pena ni discutir. Pasara lo que pasara, iba a arrancarse el apellido Larios de encima.
Pero si él se negaba a firmar, primero iba a exprimirle hasta la última gota de ventaja.
—Si quieres que coopere contigo para salvar tu puesto, tengo una condición.
Luciano alzó una ceja.
—¿Qué condición?

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