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Tu desprecio fue mi suerte: En los brazos del hombre que te arruinó romance Capítulo 80

Nuevo hogarTu desprecio fue mi suerte: En los brazos del hombre que te arruinó ya está en NarraverseSigue leyendo en nuestro nuevo sitio: un lector más limpio, páginas más rápidas y los capítulos más recientes.Leer en Narraverse

Luciano no pudo disimular su molestia. Sentía que se había tragado su orgullo, bajando la guardia y hablándole con una paciencia que no le tenía a nadie más.

Estaba convencido de que Hanna iba a ceder ante sus promesas.

Pero al ver la mirada fría y decidida en los ojos de ella exigiendo el divorcio, una ansiedad extraña, de esas que él detestaba porque escapaban a su control, comenzó a asfixiarlo.

No lo entendía. Si ella venía de una familia pobre, ¿por qué demonios quería tirar a la basura la vida de lujos de una señora de sociedad?

Menos lo comprendía porque, durante años, su mayor sueño había sido casarse con él. Ya lo había logrado. Todo lo que tenía que hacer era tolerar un poco los caprichos de la mujer que le salvó la vida a él. ¿Tan difícil era aguantar un poco de competencia?

Luciano se esforzaba por hacer que su mente pragmática razonara: si lo dejaba, por mucho éxito que tuviera su proyectito de videojuegos, jamás podría igualar el poder de heredar el Corporativo Larios entero.

Ya había saltado de clase social, ¡era alguien intocable! ¿Por qué se negaba a disfrutarlo?

Desde la perspectiva de Luciano, aunque él se la pasaba en la oficina y rara vez le prestaba atención, la vida que le daba era perfecta. Estaba muy complacido con ella porque no le daba problemas ni en casa ni en el trabajo.

Para él, Hanna era la esposa ideal: obediente, silenciosa, siempre dispuesta a complacerlo. Aunque a veces le fastidiaba que ella fuera tan detallista con sus cosas, en el fondo, ya se había acostumbrado a que lo atendieran como a un rey.

Por eso estaba tan seguro de que ella no sobreviviría sin él. Asumió que todo este teatrito no era más que un ataque de celos y tristeza mezclados; había perdido al bebé, su abuela murió, y encima le tocó aguantar a Rocío. Todo al mismo tiempo. Era lógico que le hiciera un berrinche.

Luciano Larios nunca inclinaba la cabeza ante ninguna mujer que no fuera Rocío. Así que, haberle rogado un poco, para él, ya era el sacrificio del siglo.

Y ahora, ella tenía el descaro de exigir condiciones. Eso le revolvió el estómago.

Hanna lo miró, desconcertada por el intento de manipulación barata.

—Aórrate el drama. ¿Aceptas o no?

—Fui el mejor marido que pudiste soñar —replicó él, levantando la voz—. No perdí el tiempo contigo. A los tres años de conocerme, te hice mi esposa. Te di una tarjeta sin límite, jamás te faltó nada. Nunca te he puesto una mano encima, no me emborracho, no tengo vicios.

»Por una pelea de nada llevas semanas montando este circo. ¡Ya estuvo bueno! Ya bajé la cabeza, ya te dije que le llevaré flores a tu abuela, ya tienes tu empresita de vuelta. Ya es hora de que dejes este berrinche y te portes como la señora Larios.

»Si tanto te molesta Rocío, puedo pagarle un departamento lejísimos de aquí. Si te duele lo del niño, podemos hacer otro. Te doy mi palabra de que el hijo que tengamos será el único dueño y señor de este imperio.

»No me pidas locuras. ¿Trato o no?

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