El expediente no contenía ninguna explicación sobre la inminente quiebra de la filial tecnológica de los Larios, sino un ambicioso plan de financiamiento e inversión para Sistemas Fotónicos.
Pero lo que dejó a todos boquiabiertos fue el nombre que figuraba como la accionista mayoritaria de Sistemas Fotónicos: su esposa, Hanna Mendoza.
Los accionistas minoritarios, que hasta ese momento creían ciegamente que la esposa de Luciano era Rocío Luján, se enteraban de golpe que la verdadera señora Larios era otra mujer.
Estaban atónitos.
Resultaba que la legítima esposa de Luciano era Hanna, y no Rocío, como se rumoreaba por todos los pasillos del corporativo.
Y esta mujer, Hanna Mendoza, controlaba una empresa tecnológica de primer nivel que estaba a punto de salir a bolsa en alianza con el Corporativo Larios.
Los reportes financieros de esa empresa eran espectaculares. Sus ingresos se habían multiplicado por cien en tan solo unos meses.
Se proyectaba que, tras el anuncio de este financiamiento, las acciones del Corporativo Larios se dispararían impulsadas por Sistemas Fotónicos, generando ganancias multimillonarias.
En pocas palabras, acababan de encontrar una máquina de imprimir dinero. Aunque las ganancias generales de los Larios habían caído este año, se estimaba que las acciones subirían al menos un trece por ciento.
Tras revisar el documento, los accionistas estaban eufóricos. Solo tenían que esperar a que se concretara la alianza para ver sus fortunas personales crecer de la noche a la mañana. Sin embargo, una duda colectiva surgió en la sala.
—La capacidad y el juicio del Señor Larios son indiscutibles —comentó uno de los directivos—, pero en una reunión de esta magnitud, ¿por qué su esposa, siendo la accionista mayoritaria de Sistemas Fotónicos, no está presente?
Esa pregunta encendió las alarmas de los demás.
Alguien murmuró que nadie dudaba que el presidente estuviera casado, pero la verdadera identidad de su esposa y si realmente era la dueña de la empresa tecnológica era un detalle vital.
Si la señora Larios no daba la cara, el proyecto corría el riesgo de parecer un fraude.
En ese preciso instante.
Las puertas de la sala de juntas se abrieron de par en par.
Mauro entró escoltando a Hanna Mendoza, presentándola ante la mesa directiva. Luciano tomó la palabra para oficializar el cargo y la identidad de su esposa frente a todos.
Si esto hubiera pasado años atrás, Hanna habría sentido que tocaba el cielo con las manos. Estar de pie junto a Luciano, siendo el centro de atención, presentada con orgullo como su esposa... habría sido un sueño hecho realidad, llenándola de felicidad y orgullo.
Pero ahora, a un paso del divorcio, no sentía absolutamente nada.
Sabía que Luciano no lo hacía por amor, sino arrinconado por la presión y las circunstancias.
Antes de que pudiera armar una escena, escuchó a un par de empleadas que no se contuvieron y hablaron en voz alta, llenas de sarcasmo.
—Hoy en día, basta con tener la cara dura para que la otra se pasee por ahí como si fuera la señora de la casa.
—Jajaja, totalmente. Qué cinismo. Esos rumores de que ella era la esposa de seguro los inventó ella misma. Es una trepadora sin vergüenza. Hasta eso de que viene de una familia de dinero seguro es puro cuento. Toda la ropa que trae puesta ha de ser pagada con el dinero del matrimonio de nuestro jefe. Ojalá la demanden por robo de bienes conyugales.
El rostro de Rocío palideció.
Cuando había subido en el ascensor, notó que algunos oficinistas la señalaban y murmuraban. Antes, todos la trataban con reverencia, la miraban con envidia y admiración, alimentando su ego.
Pero hoy las miradas eran muy diferentes. Estaban cargadas de burla, desprecio y de ese morbo malsano de quien disfruta viendo caer a alguien. La hacían sentir asqueada.
Y ahora por fin escuchaba claramente lo que decían.
¡La estaban llamando amante en su propia cara!
Justo cuando Rocío estaba a punto de gritarles, vio cómo Mauro se acercaba a Hanna y le entregaba un fólder con profundo respeto.
—Señora Larios, por favor revise este comunicado de prensa antes de enviarlo.

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