En ese momento, el dueño del balneario, Javier Navarro, llegó apresurado.
—Mil disculpas, Señor Larios. Fue un error de mi equipo. Su habitación y la de la señorita Luján están en la otra ala.
Hanna entendió al instante. Javier Navarro no era de la ciudad; era un peso pesado que recién ingresaba al círculo de la élite local.
Al organizar esta celebración con los socios, asumió por inercia que Luciano vendría acompañado de su esposa, Hanna, la protagonista del negocio, por lo que les asignó la suite más exclusiva.
Lo que nunca imaginó fue que Luciano no solo no llegaría con Hanna, sino que traería a su amante del brazo.
Eso contradecía por completo la imagen familiar perfecta que vendían los comunicados de prensa recientes.
Traer a la amante a pasear frente a las narices de la esposa legítima.
Incluso alguien como Javier, acostumbrado a lidiar con las excentricidades de los multimillonarios, nunca había presenciado un descaro de tal magnitud.
Pero fue Hanna quien rompió el hielo con absoluta naturalidad.
—Déjeselas a ellos, Señor Navarro. Por favor, acompáñeme a la otra habitación.
Luciano apenas reaccionó cuando Hanna ya se había dado la vuelta.
La verdad era que él no tenía ánimos de venir al balneario. Fue Rocío quien le insistió, lloriqueando que los ataques en redes sociales la tenían deprimida y que necesitaba las aguas termales para calmar su ansiedad.
La voz melosa de Rocío resonó en el pasillo.
—Te lo dije, Lucho. A Hanna no le molesta en lo absoluto. Mira qué linda, hasta nos dejó la mejor habitación.
Rocío tiró de él hacia adentro y cerró la puerta de un portazo.
Hanna se dirigió a la inmensa piscina de aguas termales naturales que estaba al aire libre.
Apenas se había sumergido en el agua cálida, notó a una niña pequeña arrastrando un bote inflable desde el área infantil hacia la piscina principal.
La niña no medía ni un metro veinte, pero esa piscina natural era engañosa; entre más te alejabas de la orilla, más profundo se volvía, alcanzando fácilmente el metro ochenta. Hanna no lo dudó y le llamó la atención.
—¡No vengas a jugar de este lado, hermosa! ¡El agua está muy honda!
Pero la niña, emocionada sobre su botecito, remaba cada vez más rápido. Hanna apenas iba a salir del agua para buscar a un salvavidas cuando escuchó un fuerte chapoteo.
La niña había caído al agua.
Al verla agitar los brazos desesperadamente, hundiendo la cabeza sin saber nadar, Hanna no pensó en nada más. El instinto tomó el control. Nadó a toda velocidad hacia la zona profunda, agarró a la pequeña y la arrastró hasta la orilla.
Una vez a salvo, la niña se aferró a ella, llorando a gritos y tosiendo sin parar, con el rostro completamente rojo por la falta de aire.
Hanna le dio suaves palmadas en la espalda, ayudándola a expulsar el agua que había tragado, mientras le preguntaba por sus papás para ir a buscarlos.
En ese momento, la voz desesperada de un hombre resonó cerca.
—¡Mili!
Javier Navarro corrió hacia ellas y tomó a la niña en brazos.
Al darse cuenta de que su hija estaba empapada, temblando, y al ver el bote inflable flotando a lo lejos, el terror y el alivio lo golpearon al mismo tiempo.
—Gracias... Le salvaste la vida a mi hija.



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