En el pasado, Hanna había deseado con toda el alma un diamante azul. Desde que vio *Titanic* en su juventud, se le metió en la cabeza la idea de que esa piedra era el símbolo del amor eterno e inquebrantable.
Una vez le había insinuado a Luciano que quería unos aretes de diamantes azules que vio en una subasta, pero él se negó a comprárselos.
Tiempo después, descubrió que sí los había comprado, pero para regalárselos a Rocío.
Fue en ese momento cuando entendió que, a los ojos de Luciano, ella simplemente no era digna de algo tan valioso.
Hanna acarició delicadamente el frío diamante con las yemas de los dedos. Lo que Luciano le había negado, ya no importaba. Ya no tenía por qué mendigar migajas.
Como tenía que ir a la mansión de los Larios, a las cuatro de la tarde recibió una llamada del chofer de la familia.
Cuando salió de las oficinas de Sistemas Fotónicos, el imponente Rolls-Royce negro de los Larios ya la esperaba en la entrada.
Subió a la parte trasera y el auto arrancó de inmediato.
Para cuando llegaron a la imponente propiedad, el cielo ya estaba completamente oscuro.
Aún faltaba un día para el gran banquete de cumpleaños, por lo que en la casa, además del personal de servicio, solo estaban el patriarca, Don Ricardo, y su esposa, Doña Úrsula.
Al enterarse de que Hanna había llegado, Doña Úrsula salió personalmente a recibirla al vestíbulo.
Pero en cuanto vio que venía completamente sola, el rostro de la anciana se desfiguró de coraje.
—¿Y Luciano?
Hanna no supo qué contestar.
Desde aquella seca llamada del día anterior, no había vuelto a saber nada de él.
No tenía la menor idea de dónde había pasado el día ni por qué no había regresado a la casa de sus abuelos.
Y la verdad, le importaba un bledo.
Al ver que la anciana estaba lista para soltarle un sermón, Hanna se limitó a decir:
—Seguro no tardan en llegar.
Lo dijo por pura cortesía, porque en realidad, ni siquiera sabía si él se dignaría a aparecer esa noche.
Después de todo, ese era el clásico juego de poder de Luciano: castigarla con el látigo de la indiferencia.
Doña Úrsula entrecerró los ojos, furiosa.
—¿Eres inútil o qué te pasa? ¿Acaso no sabes usar el teléfono? Si Luciano no llega, los demás tampoco vendrán. ¿De qué sirve que tú estés aquí sola desde temprano? ¡Llámale ahora mismo!
Sin tener otra salida, Hanna sacó su celular y marcó el número de Luciano.
Él contestó casi de inmediato.

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