—¿A dónde vas a ir si me dejas? ¿De verdad crees que Javier Navarro es tan bueno? —Luciano la miró con severidad—. Yo, Luciano Larios, soy lo mejor que te ha pasado. Si sigues con esta actitud, te juro que no habrá marcha atrás.
Hanna no tenía la menor intención de mirar atrás.
Empujó a Luciano, harta de discutir con él. Estaba agotada. Se dio la vuelta, abrió la puerta de su habitación y, justo antes de cerrarla, alcanzó a ver la profunda frustración en el rostro de su esposo.
Luciano había reservado toda su ternura para Rocío.
Y a ella, por el simple hecho de darle el título de Señora Larios, creía que debía estarle eternamente agradecida. ¿Cómo se atrevía a preguntarle de qué se quejaba?
Solo por llevar ese anillo, se suponía que debía sacrificar su vida entera, estar a su disposición en la cama, servir a los mayores de la familia, criar al hijo de él, cuidar las emociones de todos en la casa e, incluso, tolerar a Rocío.
Él siempre encontraba una excusa para defender a Rocío, sin importar quién tuviera la razón.
Lo más ridículo de todo era que Luciano sentía que ella debía soportarlo todo con una sonrisa, y si no lo hacía, la tachaba de histérica.
Hasta ese mismo instante, él seguía minimizando el dolor de ella, tratándolo como un mero berrinche.
En el fondo, Hanna no lograba comprender por qué Luciano, si claramente no la amaba, se negaba a dejarla ir.
Si tanto adoraba a Rocío, ¿por qué no le firmaba el divorcio?
De esa forma, cada quien tomaría su camino, nadie interferiría en la vida del otro y él podría casarse con su amada. ¿Acaso no era el escenario ideal para él y Rocío?
Hanna no lo entendía y, francamente, ya no le importaba. Había tomado una decisión: iba a reconstruir su vida y no permitiría que Luciano Larios la consumiera ni un segundo más.
Con ese pensamiento, cerró la puerta de golpe. Estaba tan exhausta que se dio una ducha rápida y cayó rendida en la cama.
Había estado durmiendo profundamente hasta que, de pronto, sintió que le faltaba el aire. Abrió los ojos de golpe.
Era Luciano. La tenía rodeada con sus brazos y atrapada entre sus piernas, durmiendo profundamente a su lado.
Hanna intentó quitárselo de encima, pero el brazo de Luciano pesaba como plomo.
Se quedó con los ojos abiertos en la oscuridad, adaptándose a la penumbra de la habitación.
No tardó en deducir lo que había pasado. Seguramente, Luciano temía que Don Ricardo se enterara de que ya no dormían juntos, así que, esperando a que ella se durmiera, se coló en la habitación para pasar la noche ahí.
Al menos, de esa forma no habría rumores de alcoba que el mayordomo pudiera reportarle al abuelo.
E incluso si el personal de servicio empezaba a murmurar, solo pensarían que Hanna estaba haciendo un drama sin sentido, mientras que Luciano, tan devoto que no podía dormir sin ella, quedaría como el esposo perfecto.
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