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Tus Besos Me Supieron a Traición romance Capítulo 2

Pero entonces, la voz ronca del hombre resonó en sus oídos. —Estefanía, hace años, Viviana Quintana se lastimó la pierna para salvarme. Nunca más pudo subir a un escenario y eso le provocó una depresión severa. Si no me caso con ella, se quitará la vida. Así que solo me queda pedirte perdón y divorciarme de ti.

Todas las emociones de Estefanía se derrumbaron en ese instante.

Sebastián iba a divorciarse de ella por la culpa que sentía hacia su gran amor.

Lo que él no sabía era que, por su culpa, ella tampoco podría realizar jamás su propio sueño.

Estefanía pensó que Sebastián había tomado esa decisión porque no le quedaba otra salida.

Hasta que escuchó una conversación entre él y Viviana, y la venda cayó de sus ojos.

—Sebastián, cuando buscaste a Estefanía para que estuviera a tu lado, fue solo para que me sirviera de escudo. Ahora que tu posición está consolidada, ya no hay necesidad de que se quede. Si te cuesta tanto echarla, no me digas que te enamoraste de ella.

El corazón de Estefanía se encogió en un instante.

Cuánto deseó que la respuesta de Sebastián fuera afirmativa.

Pero al segundo siguiente, escuchó la voz gélida del hombre. —No.

Aquella simple palabra, firme y contundente, se clavó como un cuchillo en el pecho de Estefanía.

Resultaba que todo lo bueno que Sebastián le había dado no era más que una fachada para hacer creer a sus enemigos que ella era su punto débil, y así proteger a Viviana.

Y ella, como una tonta, había creído que Sebastián la amaba con la misma intensidad que ella a él.

Al recordar todo aquello, sería mentira decir que a Estefanía no le dolía el corazón.

No era porque extrañara a ese hombre, sino por la pena que sentía por la mujer que había sido entonces.

Estefanía curvó ligeramente los labios y respondió sin dudar. —Sí.

Al recibir una respuesta afirmativa, los oscuros ojos de Sebastián se volvieron aún más gélidos.

Sus manos, que caían a los costados, se cerraron en puños de forma instintiva.

Estefanía rio levemente. —No se preocupe por mí, Señor Pérez, estoy muy bien. Si el niño necesita que le vendan la herida, lo llevaré a la enfermería; si no, me retiro.

—Estefanía —la detuvo Sebastián, fijando la mirada en ese rostro que seguía siendo tan hermoso—. No olvides que también arriesgaste tu vida para dar a luz a nuestro hijo. ¿Cómo pudiste abandonarlo así por tu hija? No sabía que fueras tan cruel.

Ella se volvió a mirarlo, con una voz desprovista de emoción. —Ante alguien que no me ama, ¿por qué debería seguir intentando agradarle? ¿Acaso no es mejor disfrutar de la felicidad que tengo ahora?

Se agachó para alzar a su hija, suavizando la voz. —Mi cielo, papá ya vino por nosotras. Vamos a comer algo delicioso para celebrar que mamá encontró un nuevo trabajo.

Se dio la vuelta y caminó hacia Hugo Guzmán, que ya llevaba rato esperándolas en el pasillo.

Hugo tomó a la niña de sus brazos y se marchó con Estefanía.

Al ver la imagen de esa familia tan feliz, las venas del dorso de la mano de Sebastián se marcaron con fuerza.

Una voz en su mente no dejaba de repetirle: Estefanía tiene una hija con otro hombre.

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