—¿Qué me cuentas? Inicia tú, no sabes esconder cuando te va mal — comenta.
Lo triste es que decía la realidad. Era terrible manejando mis emociones y ocultándolas.
—Parece que todos allá afuera saben que nos casaremos. Y… me están tratando sospechosamente bien. Hasta Maite bromeo con que la invitaría a la boda — explico.
Luciano ladea su rostro, extrañado.
—Con el anillo en tu dedo, y la forma en la que bailamos en la boda de nuestra hermana, tendrían que ser imbéciles para no darse cuenta — dice retirándose la manta.
Dejo de sentirme como un bicho raro, a sentirme como un bicho raro avergonzado.
—¿Podrías no volverte a referir a Amanda más nunca como “nuestra hermana”? — le exijo.
—No lo sé, ahora que lo pienso mejor, me da morbo — bromea él coquetamente.
Echó una lloradita simbólica viendo al cielo, y Luciano se ríe como el descarado que es. Después, saca de un compartimiento un sobre negro, que me ofrece y tomo.
—¿Qué es esto?
—Nuestro acuerdo prenupcial. Léelo, analízalo con quien quieras, lo estaremos firmando esta semana — aconseja.
Leo por encima el documento, que era una prueba inminente de que nos íbamos a casar. De verdad, verdad, esto podría ser una actuación, pero nuestro estatus legal, no lo sería. Me llama la atención que dentro del sobre haya otro más pequeño en blanco, lo saco y abro. Es de un banco, tiene una tarjeta de crédito con mi nombre.
—¿Y esto?
—Es para que hagas los pagos de los proveedores.
—¿Qué proveedores? — vuelvo a preguntar.
—Los proveedores de… nuestra boda. ¿Nos casaremos? ¿Lo recuerdas? — dice divertido.

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