En la fotografía, Amelia se veía radiante, con una sonrisa brillante, y Ethan lucía como todo un hombre seguro de sí mismo mientras la sostenía cerca.
Cuando Fiona entró de golpe con los demás, Ethan levantó sus ojos enrojecidos, tomó la botella más cercana y la lanzó con furia hacia la puerta.
—¡Lárguense! ¡Todos, lárguense de aquí!
La botella se estrelló contra el marco de la puerta, esparciendo pedazos de vidrio por todos lados.
Fiona ni siquiera se movió. Caminó entre los escombros, dejando que el fuerte olor a alcohol la rodeara, y se detuvo justo enfrente de su nieto. Sin decir una palabra, levantó la mano y le dio una bofetada a Ethan, más fuerte de lo que jamás lo había hecho.
El golpe hizo que Ethan se tambaleara, dejándole un zumbido en los oídos. Miró a su abuela con asombro, incapaz de procesar lo que acababa de pasar; a lo largo de los años, ella nunca le había levantado la mano.
Fiona, con la voz cargada de dolor y enojo, le reclamó:
—Mírate. ¿Esto es lo que quieres ser? ¿De verdad crees que quedarte aquí lamentándote y arrastrando a toda la empresa va a hacer que Amelia sienta lástima por ti? ¿Crees que va a regresar corriendo solo porque tocaste fondo? ¡Eso no va a pasar!
Cada palabra cayó como un golpe. La voz de Fiona obligó a Ethan a ver la realidad.
—Entre más te comportes así, más te va a despreciar. Solo va a sentir más seguridad de que hizo lo correcto al dejarte.
Ethan se quedó sentado, aturdido. El ardor de la bofetada y las palabras lo dejaron conmovido. Por un momento, un leve brillo de esperanza cruzó por sus ojos, que antes no tenían luz.
—Abuela, ¿qué estás diciendo? —Su voz era temblorosa, como aferrándose a la posibilidad de que las cosas todavía pudieran cambiar.
Antes de que Fiona pudiera contestar, Grace se acercó apurada, incapaz de ver a su hijo recibir un golpe tan duro. Le puso una mano en el brazo para consolarlo e intentó hablar con Fiona:

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