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Una esposa para el MAFIOSO romance Capítulo 2

Capítulo 2 —El contrato impuesto

Vera no se sentó.

La carpeta oscura quedó frente a ella como una trampa sobre la mesa. No necesitaba tocarla para saber que allí dentro había algo suyo, aunque ninguna de esas hojas hubiera nacido de su voluntad. Lo veía en la rigidez del abogado, en el silencio de los hombres presentes y en la forma en que Arturo Salerno evitaba mirarla.

Mauro Greco permanecía al otro lado de la mesa, tranquilo, dueño de una calma que a Vera le pareció insultante. No había arrogancia teatral en él, ni una sonrisa de triunfo. Eso lo hacía peor, estaba allí para cobrar algo que ya consideraba suyo.

—Le dije que no vine a sentarme —dijo Vera.

Mauro apoyó una mano sobre el respaldo de una silla.

—Y yo te dije que lo que viene lleva tu apellido.

—Mi apellido no le pertenece.

—Todavía no.

La frase la golpeó con una claridad brutal. Vera miró a su padre, buscando una explicación menos horrible que aquella.

—Papá, dime que no es lo que estoy pensando.

Arturo se pasó una mano por la boca. Ese gesto cobarde terminó de hundirla.

—Vera, hay cosas que no entiendes.

—Entonces explícame.

—La familia está en una situación límite.

—La familia no, tú lo estás.

El rostro de Arturo se endureció. Durante años había ocupado la cabecera de esa mesa como si todos hubieran nacido para obedecerlo. Esa noche, sin embargo, parecía un hombre acorralado que aún intentaba conservar la postura.

El abogado abrió la carpeta con dedos cuidadosos. Vera alcanzó a ver sellos, firmas parciales y su nombre completo en la primera hoja: Vera Inés Salerno Mendieta.

—¿Por qué está mi nombre ahí?

Mauro respondió sin alterar la voz.

—Porque el acuerdo exige una unión entre los Salerno y los Greco.

—¿Una unión?

—Un matrimonio.

La palabra cayó sin romanticismo, fría como una cláusula. Vera sintió que el aire se volvía insuficiente, pero no bajó la mirada. No iba a darles el placer de verla quebrarse.

—No.

Arturo dio un paso hacia ella.

—Vera…

—No.

—Escucha antes de reaccionar.

—Me estás vendiendo y quieres que escuche con buenos modales.

Nadie la defendió, nadie fingió sorpresa. Vera comprendió entonces que todos lo sabían. La habían llevado allí no para hablar, sino para presenciar su entrega.

—Tu padre no está en posición de rechazar el acuerdo —dijo Mauro.

—No le pregunté a usted.

—Pero soy el único que está diciendo la verdad sin adornos.

Vera lo miró con una calma que le ardía por dentro.

—¿Y cuál es esa verdad, señor Greco? ¿Que mi padre me ofreció como pago y usted aceptó comprarme?

Arturo se tensó.

—No hables así.

Vera giró hacia él.

—¿Cómo quieres que lo diga? ¿Alianza? ¿Sacrificio? ¿Conveniencia familiar? ¿Cuál palabra te hace sentir menos miserable?

Arturo apretó la mandíbula.

—He mantenido esta casa en pie durante años. He cargado deudas, amenazas y traiciones para que siguieras teniendo un apellido que te protegiera.

—Mi apellido no me está protegiendo. Lo estás usando para entregarme.

—Sin este acuerdo no nos queda nada.

—Entonces quédate sin nada.

La frase dejó un silencio incómodo. Vera no se arrepintió. Había algo liberador en decir la verdad cuando ya no quedaba nada que salvar.

Mauro empujó apenas la carpeta hacia ella.

—El matrimonio salda la deuda completa. Tu padre conserva una parte operativa del territorio bajo supervisión Greco. Los acreedores retroceden. Los Salerno no desaparecen.

—Qué generoso —dijo Vera—. Y usted se queda con la zona sur.

—Con acceso legítimo a ella.

—A través de mí.

—Sí.

La honestidad brutal de Mauro le provocó náuseas. No intentaba disfrazar nada, no fingía nobleza, no le ofrecía consuelo. Era un hombre diciendo que la había aceptado como parte de un trato porque el trato le convenía.

—¿Y si no acepto? —preguntó ella.

Arturo cerró los ojos, agotado por una resistencia que él mismo había provocado.

—El acuerdo ya fue aceptado por la parte que tenía autoridad para hacerlo —dijo Mauro.

—Mi padre no tiene autoridad sobre mi cuerpo ni sobre mi vida.

—En un mundo decente, no.

Vera se quedó quieta.

La frase no la suavizó. Al contrario, la enfureció más. Mauro no estaba justificando el horror; lo estaba reconociendo como una ley del mismo mundo que él gobernaba.

—Pero no estamos en un mundo decente —continuó él—. Estamos en este, y en este mundo, tu padre firmó antes de que llegaras al comedor.

Vera miró a Arturo, pero él no lo negó.

La traición dejó de ser una sospecha y se convirtió en algo concreto, escrito, firmado, sellado. Arturo no parecía satisfecho, pero tampoco arrepentido. Parecía atrapado en una trampa que había construido con sus propias manos y cerrado con el nombre de su hija.

—Firmaste... —dijo ella.

—No tenía opción.

—Sí tenías, podías perder.

Arturo la miró como si acabara de insultarlo.

—Un Salerno no se rinde.

—No, un Salerno vende a su hija.

El golpe lo dejó sin respuesta.

Mauro observó a Arturo con frialdad.

—Su deuda no admite más retrasos, señor Salerno. Yo vine a cerrar lo que usted ofreció.

Arturo recuperó parte de su compostura al dirigirse a él.

—Y se cerrará, señor Greco. Vera está alterada, pero entenderá.

—No hables como si yo no estuviera aquí —dijo Vera.

Capítulo 2 —El contrato impuesto 1

Capítulo 2 —El contrato impuesto 2

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