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Una noche en Dubai, un año para el Jeque romance Capítulo 205

MARIANA

El desayuno en casa de Nassar es un escándalo de platos, café y voces, como todas nuestras mesas. Por un rato casi finjo que estamos en México, que nada pasó, que mi hija no durmió dos noches en un desierto.

Casi.

Zayed deja la taza, se aclara la garganta, y la mesa entiende antes de que hable. Mi marido tiene esa autoridad: basta que respire distinto para que todos callen.

—Nos quedamos dos días más. —Lo dice con suavidad, pero sin grietas—. Nada más. Después de lo de Valentina, su madre y yo no nos sentimos seguros aquí. Volvemos a México el jueves.

Nassar baja el tenedor. El viejo parece de pronto más viejo.

—Lo lamento tanto, hijo. —Su voz tiembla—. Habría dado lo que fuera por tenerlos más tiempo. Soñé este viaje durante años. Pero entiendo. Primero están los niños.

—Yo quiero quedarme.

La voz de Valentina cae sobre la mesa como un vaso que se rompe. Todos la miramos.

—Apenas conocí Dubái —insiste, con esa barbilla que le conozco desde que gateaba—. No es justo irnos corriendo por culpa de unos secuestradores de pacotilla.

—Valentina. —Nassar la mira con cariño, pero firme—. A tus padres se les obedece. No es fácil para ellos lo que acaban de vivir. Casi te pierden. Dales esa paz.

—No se trata de obedecer, abuelo. Tengo veintitrés años…

—Se trata de que no tomas en serio el peligro. —La interrumpo, y me sale más duro de lo que quiero—. Eso es lo que pasa. Para ti todo es una aventura. No entiendes que hay cosas en esta ciudad que no son un juego.

—Tu mamá tiene razón, Vale. —Gabi le pone una mano en el brazo, suave—. Yo también amo esta ciudad, pero lo que te pasó no fue poca cosa. Déjanos respirar tranquilos.

—Hazle caso a tu madre —se mete Layla—. Nosotros volvemos cuando todo esté calmado. Todos juntos.

Valentina abre la boca para pelear con los cinco a la vez, pero Farida, desde la cabecera, al lado de Nassar, le habla con esa dulzura de abuela que desarma.

—Niña, vas a tener mil oportunidades de volver. —Le sonríe—. Esta tierra no se va a ningún lado. Quién sabe, a lo mejor la próxima vez vuelves y te enamoras de algún árabe de esos que te miran como si fueras la luna.

La mesa se ríe. Valentina pone los ojos en blanco.

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