Penélope, con la mano atrapada por la de ella, bajó la mirada y murmuró con voz apenas audible:
—Lo siento, Rebeca... La Sra. Bautista ya ha hecho demasiado por mí. Además, doscientos millones no es cualquier cosa. Por mucho cariño que me tenga, no soy su hija biológica. No tiene ninguna obligación de darnos una suma tan grande de dinero.
—¿Y qué hay de la Sra. Vanessa?
—Me doy cuenta de que es alguien muy importante. Si no puede darnos varios millones, aunque sean unos cientos de miles nos servirán para salir de esta crisis por ahora.
—No... no he podido comunicarme con la Sra. Vanessa —respondió Penélope.
—Además, ya hice todo lo humanamente posible por este asunto.
—Por favor, dejen de presionarme, ¿sí? Cristina, Rebeca... se los advertí desde el principio, les dije que no fueran ambiciosas y que hiciéramos las cosas paso a paso. Raúl incluso sacó todos sus ahorros para ayudarlas a pagar las deudas. De verdad... ya es suficiente.
—Ah, ¿conque esas tenemos? ¿O sea que planeas dejarnos solas en esto? —espetó Cristina con veneno.
—No olvides, Penélope, que cuando fundamos el estudio de restauración de joyas, juramos apoyarnos en las buenas y en las malas. Y ahora que estamos en el fondo, ¿simplemente te vas a lavar las manos?
Cristina soltó una risa amarga y sarcástica.
—Claro, el interés tiene pies. Sí... estamos en este hoyo por nuestra propia culpa, y esto no te afecta en absoluto.
—Ahora nuestra reputación en la universidad está por los suelos, es normal que no quieras que te relacionen con nosotras.
—¡Eres una completa hipócrita, Penélope Salazar!
—¡Si no nos quieres ayudar, no lo hagas! ¡A quién le importa tu cochino dinero! ¡Toma tu dinero y lárgate! —Diciendo esto, Cristina sacó de su bolsillo la tarjeta bancaria que Raúl les había prestado y se la arrojó con desprecio a Penélope.
—Vámonos, Rebeca. Ya encontraremos otra salida nosotras solas.
Penélope se agachó lentamente para recoger la tarjeta bancaria que había caído al suelo.
En ese momento, un elegante auto negro se detuvo junto a ella.
Penélope levantó la mirada, sorprendida.
—¿De verdad?
—El contrato fue redactado por el Grupo Jara —explicó Mario—. Así que, en realidad, pueden negociar el monto de la indemnización directamente con ellos para que les cobren menos. Pero, al final del día, la cantidad exacta depende de lo que decida el CEO de la empresa.
—Doscientos millones no son nada para el Grupo Jara.
—Así como exigieron doscientos millones, también podrían exigir dos millones, veinte mil, o hasta doscientos pesos...
Una luz de esperanza iluminó el interior de Penélope, disipando la oscuridad que la asfixiaba, como si el sol lograra atravesar las nubes negras.
—Muchas gracias, Mario. Ya entiendo.
Mario, quien la había llevado a la escuela tantas veces antes, veía en ella a una chica inocente y bondadosa. Sabía que su disposición para ayudar a ese tipo de amistades era genuina y rara de encontrar hoy en día; lástima que esas dos no supieran valorarlo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Venganza Reencarnada de la Rica Heredera
Excelente novela...